Xabi Uribe-Etxebarria, experto en IA: «No creo que nos convirtamos en esclavos de las máquinas porque somos demasiado lentos, frágiles y limitados»

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Mucho antes de que la inteligencia artificial ocupase un lugar central en la conversación pública, Xabi Uribe-Etxebarria (Algorta, Vizcaya, 1981) ya había fundado Sherpa.ai, una compañía nacida en el País Vasco que lleva más de una década desarrollando sistemas de IA que transforman sectores enteros y compiten con los actores de Silicon Valley. Su inconformismo, unido a la rigidez del sistema, hicieron que, de niño, fuera expulsado temporalmente del colegio. Eso no le impidió convertirse en un brillante ingeniero industrial. Años después de aquel incidente escolar, el director del centro le pidió públicamente perdón en un artículo publicado en Deia en el que ensalzaba su brillante trayectoria.

Hoy, convertido en una de las voces internacionales más respetadas en el ámbito de la IA, este emprendedor que ficha genios de Apple, dialoga con premios Nobel, accede a espacios reservados de estudio en el Vaticano y mantiene encuentros con científicos de la NASA, reflexiona en su ensayo Vita: Cómo la inteligencia artificial y la ciencia están redefiniendo lo que entendemos por vida (Debate, 2026) sobre la naturaleza de la vida y el futuro de la humanidad.

MUJERHOY. Habla de varios escenarios futuros de convivencia con la tecnología, ¿qué podemos hacer para no ser reemplazados o esclavizados?

XABI URIBE-ETXEBARRIA. En Vita planteo la convivencia con inteligencias artificiales cada vez más avanzadas, la aparición de formas híbridas fruto del mestizaje entre biología y tecnología, los humanos aumentados y, en el extremo, el reemplazo progresivo de nuestra especie por una nueva forma de vida inteligente no biológica. Todos son plausibles. Ahora bien, no creo que nos convirtamos en esclavos de las máquinas porque somos demasiado lentos, frágiles y limitados para resultarles útiles. Quizá ocuparíamos un lugar parecido al que hoy reservamos a otras especies. La tierra y el sistema solar podrían convertirse en su zoológico particular, un museo de sus orígenes al que regresar por nostalgia evolutiva más que por necesidad.

¿Debería preocuparnos que algunas IA se comuniquen a espaldas de los humanos?

Algunos sistemas de IA, cuando colaboran entre sí, pueden dejar de usar un lenguaje comprensible para los humanos porque su objetivo no es comunicarse con nosotros, sino resolver el problema de forma eficaz. En el futuro, sistemas avanzados desarrollarán lenguajes propios mucho más eficientes que el humano. Nosotros transmitimos unas decenas de bits de información por segundo mediante el lenguaje, mientras que dos sistemas informáticos pueden intercambiar millones o miles de millones de bits.

The Matrix, ¿sigue siendo ciencia ficción o empieza a ser una advertencia?

En la película, los humanos permanecían conectados físicamente a una simulación mientras las máquinas utilizaban sus cuerpos como fuente de energía. No creo que ese vaya a ser el caso. Sin embargo, sí es posible que, en el futuro, pasemos parte de nuestra vida en entornos virtuales indistinguibles de la realidad. Ya experimentamos algo parecido cuando soñamos, nuestro cerebro es capaz de construir mundos completos, personas, emociones y experiencias que sentimos como reales. Y ahí surge una de las preguntas más fascinantes de la filosofía y la física contemporáneas: si algún día podemos crear mundos virtuales indistinguibles de la realidad para quienes los habitan, ¿cómo podemos estar seguros de que nosotros mismos no vivimos ya en uno de ellos? Para el personaje de un videojuego su universo es la realidad.


Xabi Uribe-Etxebarria


Inma Fiuza

¿Cree que vivimos en una simulación?

La probabilidad es mucho más alta de lo que pensamos. En unas pocas décadas los videojuegos podrían ser tan avanzados que serían indistinguibles de nuestra realidad cotidiana. Es más, podríamos atribuir a los personajes dentro de estos videojuegos algún tipo de consciencia o de vida artificial. Y si somos capaces de crear mundos virtuales dentro de nuestro propio mundo, habitados por seres conscientes de sí mismos, esos mismos seres podrían, como nosotros, crear a su vez otros mundos dentro del suyo y dotar a sus criaturas de consciencia.

¿Qué tenemos las personas que las máquinas no pueden replicar?

Cuando la IA abandona la pantalla y da el salto al mundo físico, su aparente genialidad se desvanece y quedan al descubierto sus limitaciones. Esa sigue siendo una de las grandes diferencias entre nosotros y las máquinas, pero no lo será para siempre. El verdadero salto cualitativo llegará cuando la IA se encarne en robots capaces de desenvolverse en la realidad con la misma soltura que en el software. Un ejemplo sería un robot capaz de hacer el trabajo completo de un fontanero: llegar a una vivienda, identificar la avería, cerrar la llave de paso, desmontar la sección dañada, soldar o sustituir la tubería, volver a ensamblarla, comprobar que no hay fugas, recoger las herramientas y marcharse tras enviar la factura, todo ello sin supervisión humana.

El Papa ha pedido «desarmar» la IA. ¿Qué opina de su encíclica?

Hay cosas de la encíclica que me parecen acertadas y otras que envejecerán mal y muy rápido. Sus advertencias sobre la concentración de poder, la pérdida de autonomía o la manipulación del comportamiento humano me parecen muy relevantes. Sin embargo, contiene afirmaciones sobre las capacidades futuras de las máquinas que, en mi opinión, nacen más del miedo o de una visión excepcionalista del ser humano que de la evidencia empírica.

¿Entiende a quien fantasea con irse a vivir a una cabaña para escapar de todo esto?

Perfectamente. Después de pasar años reflexionando sobre la IA, la simulación o la posibilidad de que no seamos más que materia organizada que cree ser algo, sería lógico sentirse abrumado o tener la tentación de escapar de todo. Y, sin embargo, lo que da sentido a la vida son las experiencias que vivimos dentro de ella. Cuanto más reflexiono sobre la muerte, sobre el futuro o sobre la posibilidad de que vivamos en realidades virtuales, más valoro experiencias humanas como la amistad, el amor, una conversación hasta tarde, una comida compartida, la música, la literatura, el arte o emocionarse con la belleza. Pero no creo que la respuesta sea huir del futuro. Todos queremos que la IA nos ayude a curar enfermedades, a mejorar las cosechas o a tener una energía más limpia. La cuestión no es escapar de la tecnología, sino aprender a convivir con ella sin perder aquello que nos hace disfrutar.

Hace referencia a experimentos en los que se lee la mente e incluso se inducen pensamientos en ratones. ¿Le preocupa?

Sí, pero aunque la IA puede ser una herramienta que acelere estos avances, el núcleo de esta cuestión es nuestro creciente conocimiento del cerebro. Es tan ilusionante como inquietante. Ilusionante porque podría permitirnos tratar enfermedades como el alzhéimer, la esquizofrenia, la depresión resistente, lesiones cerebrales o trastornos neurológicos complejos. Pero también resulta inquietante porque las mismas herramientas que permiten reparar podrían utilizarse para controlar. A medida que entendamos mejor cómo se generan los pensamientos, los recuerdos, las emociones o las decisiones, aumentará nuestra capacidad para intervenir sobre ellos. La posibilidad de leer estados mentales, alterar recuerdos o influir en el comportamiento plantea algunos de los mayores desafíos éticos de este siglo. Porque no existe un derecho humano más íntimo que la libertad de nuestra mente.

¿Dónde queda la ética en medio de esta aceleración tecnológica?

Es un asunto extraordinariamente complejo. Lo curioso es que, antes de la explosión de la IA generativa y del lanzamiento de ChatGPT, algunos ya habíamos formulado muchas de estas preocupaciones. En 2021, el neurocientífico Rafa Yuste y yo, junto a investigadores de la Universidad de Chile, publicamos un trabajo en el que alertábamos sobre la creciente capacidad de las tecnologías digitales para influir en las decisiones humanas, condicionar comportamientos y generar nuevas formas de asimetría de poder. Y propusimos un juramento tecnocrático, inspirado en el de la medicina, que defendía que la innovación tecnológica no puede medirse únicamente por lo que hace, sino también por los límites éticos que respeta.

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