E
n todo caso, el final corriente del drama del cautivo era que, habiendo pasado sus años de mayor brío en el cautiverio, engarzaba ya mal con la sociedad hispana, cuando regresaba a su seno, como si se encontrara extraño en su propia patria.
Por eso Cervantes, que había pasado por ese amargo trance, arropa tanto a la figura del capitán cautivo en su obra inmortal, pidiendo para él todo el apoyo posible, empezando por el de la propia familia.
La figura del cautivo es una de las más acongojantes de aquella sociedad, por tantos conceptos llena de dolorosos contrastes.
En cuanto al galeote, si lo emparejamos con el cautivo, es porque con frecuencia están sentados al mismo remo. También el cautivo podía ser destinado a la vida de galeras.
El autor del Viaje de Turquía, obra preciosa para conocer la vida en galeras, nos cuenta también todas sus vicisitudes en el cautiverio que pasa en Constantinopla. Para empezar, iba siempre bien encadenado:
“…siempre con mi cadena al pie, de seis eslabones rodeada a la pierna, como traen también en tierra todos los cautivos…”
Habiendo caído enfermo es trasladado a la enfermería, que más bien parecía antesala de la muerte, donde por muy malo que estuviese le convenía rebullirse para que no le llevasen a enterrar:
“…como sardinas en cesto pegados unos con otros. No puedo decir sin lágrimas que una noche, estando muy malo. Estaba en medio de otros dos peores que yo, y en menos espacio de tres pies todos tres y ensartados con ellos, y quiso Dios que entrambos se murieron en anocheciendo, y yo estuve con todo mi mal toda la noche, con cuan larga era, que el mes era de noviembre, entre dos muertos; y de tal manera, que no me podía revolver si no caía sobre uno de ellos. Cuando la mañana vinieron los guardias a entresacar para llevar a enterrar, yo no hacía sino alzar de poco a poco la pierna y sonar con la cadena para que viesen que no era muerto y me llevasen entrellos a enterrar…”
En Constantinopla conoce a un caballero de Arévalo, que llevaba 15 años de cautiverio, el cual andaba con algo más de libertad, y aún le conforta en su convalecencia llevándole algunos bocados, tal pan con vino, tal manos de carnero; bocados en verdad sabrosos para quien estaba acostumbrado a la comida de la enfermería:
“…acelgas sin sal ni aceite, y de aquellas aun no daban todas la que pudieran comer, y un poquito de pan…”
Y aun así, lo que más le fatigaba no era el abandono, ni el hambre, sino la suciedad, y con ella los piojos que de puro acribillarle, le impedían sueño.
Cautivos y galeotes están con frecuencia, por tanto, hermanados en fatigas y miserias. Lo que les diferencia notoriamente es que mientras el cautivo es un producto de la hostilidad existente entre los mundos cristianos y musulmanes y de unos poderíos muy equilibrados, de forma que ninguna de las partes logra eliminar a la otra, el galeote es el resultado de una necesidad del tiempo. El escaso desarrollo técnico hace que la galera siga siendo un personaje de primer orden en el Mediterráneo, a lo largo de la Edad Moderna, por la frecuencia de los días de viento escasos en que los veleros quedan a merced de aquellas otras naves que pueden alternar la vela con el remo.