Puede que Fortanete sea la joya oculta del Maestrazgo turolense. No es tan conocido como Mirambel, con su fabuloso portal de las Monjas, ni como Cantavieja, la capital de la comarca, con uno de los conjuntos monumentales más impresionantes del gótico aragonés. Este pueblo, al que ponemos rumbo ya mismo, se alza a 1.352 m de altitud, al resguardo de la sierra de la Cañada y las de Tarrascón-Las Lastras, que se acercan peligrosamente a los dos mil metros, desgarrándose en profundos tajos que contrastan con la amabilidad de sus praderas. Como Oña, en Burgos, un lujo primaveral.
Alrededor, todo son pinares. Hay tantos, en especial laricio o negral, y es tal su protagonismo que Fortanete cuenta con un Centro de Interpretación de los Pinares, ubicado en una antigua tejería, de la que se conserva el horno donde se cocían las tejas. Sin duda, el lugar perfecto para saberlo todo de la explotación forestal, la flora, los hongos, la fauna, la ganadería y cuanto tiene que ver con el entorno natural y patrimonial, explicado a través de paneles, maquetas y otros recursos multimedia. Después, solo hay que salir y mirar. También a su jardín botánico.
El Maestrazgo sorprende. Adentrarse en él es como introducirse en el casco histórico de Cáceres, solo que en Teruel y dispersándose la aventura y la emoción en quince municipios: Cañada de Benatanduz, La Iglesuela del Cid, Villarluego o Tronchón, famoso por su queso, que ya lo menciona Cervantes en el Quijote. Una comarca histórica compartida con Castellón, donde está Morella, el pueblo que si tuviera mar sería un Mont Saint-Michel.
Por qué te va a gustar Fortanete
En la actualidad, como recuerdan desde su Ayuntamiento, Fortanete tan solo acoge a dos centenares de vecinos, dedicados a las labores agrícolas y ganaderas, las de siempre, pero también a la construcción y el sector servicios, las de ahora. La ganadería ha sido tradicionalmente pilar de su economía, la que le permitió hacerse fuerte en la manufactura textil de lana, ya desde el siglo XVI a impulso de la Orden del Hospital de San Juan de Jerusalén, siendo muy apreciada y exportándose a Levante y Cataluña. El poderío que tuvo la villa sigue saltando hoy a la vista.
La torre de la iglesia de la Purificación y el puente medieval.
AYUNTAMIENTO FORTANETE
A comienzos del siglo XX, por desgracia, se cerraron los últimos telares. Sí han resistido algunos de los artesanos de la talla en madera de boj, el ‘bujo’, utilizada por su proverbial dureza para fabricar utensilios de cocina y de otras labores. Fortanete, que se vació tras las guerra civil española como tantos pueblos, fue en tiempos una villa poblada y próspera. A finales del XIX, época de convulsiones políticas y sociales, llegó a tener 1.700 habitantes y medio centenar de masadas, las casas de campo típicas de las serranías de Gúdar-Maestrazgo, que permitían aprovechar al máximo sus recursos agropecuarios.
Un caserío medieval y renacentista
Algunas de estas masadas han quedado como testimonios del poder señorial de la Edad Media, como expresan claramente sus torres defensivas, así la torre Mercadales en el propio Fortanete. Haciendo historia, fue Pedro II, rey de Aragón, quien en el año 1202 donó el castillo, del que solo quedan los restos y algunas leyendas, a la mencionada orden militar, con lo cual la villa pasó a formar parte de su señorío. La prosperidad se alcanzó en los siglos XVI y XVII, cuando se amplió el caserío medieval más allá de las murallas y se construyeron sus edificios más señeros, caso de la iglesia de la Purificación, un templo barroco datado en 1693 con un campanario rematado con chapitel de piedra y veleta.
La casa de los Duques de Medinaceli sigue el canon renacentista del Maestrazgo.
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Otra torre que también despunta en el perfil fortanetino pertenece a la casa del Marqués de Villasegura, aunque fue primero de los Tonda y después cuartel de la Guardia Civil. Muy de destacar entre las blasonadas es la casa de los Duques de Medinaceli, de tres alturas, con alero de madera de gran vuelo y siguiendo toda ella el patrón renacentista del Maestrazgo. Prácticamente enfrente, se halla la casa de los Escorihuela, con arco de medio punto de grandes dovelas en la puerta principal y también con gran alero.
Un puente medieval y los huertos
Además, una ruta cultural por Fortanete tiene que incluir la Casa Consistorial, renacentista y elegantemente sobria, que presenta una lonja con tres arcos de medio punto en la planta baja, donde estuvo la antigua cárcel municipal, y un salón con artesonado de madera en la planta noble. A las afueras del pueblo, un pintoresco puente de piedra con un arco de medio punto, rebajado al estilo medieval, da paso a los pequeños huertos, divididos por muros de piedra seca y planificados como una ciudad, con calles, pequeñas puertas y paredes.
Los huertos con los muros de piedra seca de este pueblo del Maestrazgo.
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Extramuros, a unos seis kilómetros del casco urbano, están los restos de un pequeño castillo roquero de plaza trapezoidal como queriéndonos contar algo. ¿Fue una fortificación de época hispano-musulmana? Todo apunta a que sí, y se relaciona con las conquistas del Cid Campeador en el siglo XI, aunque la primera mención documentada es de 1194. Desde luego, debió de ser un bastión inexpugnable, dado lo abrupto y escarpado del terreno. Una construcción militar utilizada como puesto de vigilancia de estas tierras fronterizas que permaneció en manos de los caballeros hospitalarios hasta el siglo XIX.
Por lo demás, hay varias ermitas en el bello y verde Fortanete. La de San Cristóbal es la más antigua, del siglo XVI, como casi todo en el pueblo. La de San Víctor está entre varias masías en la sima del mismo nombre. La de Santa Bárbara tiene un curioso patio con dos arcos de medio punto a modo de refugio. Y la de la Virgen de Loreto es barroca, con un pórtico de cuatro columnas que aguantan una techumbre de madera con alero decorado. Esta última guarda en su memoria los bailes de antaño al son del tamboril y la dulzaina.