Estudio rompedor desvela por qué en Mesopotamia el cerdo fue la proteína invisible durante más de 2.000 años

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Aunque los datos arqueológicos apuntan a que el cerdo representaba el 25 % de la dieta sumeria, los escribas apenas registraron su producción y consumo en las tablillas cuneiformes. ¿Por qué el animal más consumido en Mesopotamia era invisible para el poder? Un zooarqueólogo resuelve la paradoja.

Consumo de cerdo en Mesopotamia

Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto. Cerdo de terracota. Fuente: Penn Museum


– Cerdos

Erica Couto


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Hace unos 5000 años, un escriba mesopotámico anotó en una tablilla de arcilla el registro de una piara de 95 cerdos que se habían alimentado con grano procedente de varios templos de Uruk. Era una anotación administrativa rutinaria, destinada a controlar la gestión económica de los recursos, pero encerraba una paradoja que los arqueólogos tardaron décadas en desentrañar: si bien los cerdos eran omnipresentes en la dieta mesopotámica, apenas aparecían en los documentos administrativos y en el arte de la época.

Un nuevo estudio, publicado en la revista Environmental Archaeology por el zooarqueólogo Max Price, de la Universidad de Durham, arroja luz sobre este enigma con una síntesis sin precedentes que combina datos zooarqueológicos, textos cuneiformes e iconografía. ¿Cómo es posible que un animal tan integrado en la dieta fuese ignorado por las élites de poder? La respuesta, sugiere Price, revela una distinción crucial entre la economía de subsistencia (lo que la gente comía) y la economía política (lo que el Estado controlaba y valoraba simbólicamente).

Un nuevo estudio analiza una paradoja histórica: ¿por qué, si los cerdos eran omnipresentes en la dieta de la antigua Mesopotamia, apenas aparecían en los documentos administrativos y en el arte de la época?

Cerditos
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

El mapa del cerdo: de las marismas del sur a las ciudades del norte

Según Price, las actitudes hacia el cerdo en Mesopotamia no fueron homogéneas. El autor compila datos de más de 160 conjuntos faunísticos procedentes de regiones que van desde la cuenca del Éufrates, en Siria occidental, hasta las estribaciones kurdas del Zagros. Las diferencias son reveladoras. En el sur de Mesopotamia y en la cuenca del Habur, zonas bien irrigadas y aptas para el jabalí salvaje, los cerdos representaban entre el 24 y el 32 % de los animales consumidos. Por el contrario, en el suroeste de Irán esa proporción se desplomaba hasta el 4 %, mientras que en Siria occidental caía al 10 %.

Un rasgo llamativo se encuentra en la relación entre el urbanismo y la cría de cerdos. En el sur de Mesopotamia y en el Habur, cuanto mayor era la ciudad, más cerdos se consumían. Tell el-Oueili, un asentamiento que floreció del sexto al cuarto milenio a. C., arrojó porcentajes de hasta el 93 % en algunos contextos. Sin embargo, esta correlación no era universal. En el Levante meridional y en algunas partes del Éufrates superior, la presencia de cerdos era más habitual en las aldeas que en los centros urbanos.

El estudio también documentaun declive generalizado de la cría porcina a partir del Bronce Tardío (ca. 1600-1200 a. C.). En Nínive, por ejemplo, los restos de cerdo cayeron del 46 % en el período Ur III (ca. 2100-2000 a. C.) al 4 % en la época casita (ca. 1595-1000 a. C.). Price apunta a varias causas posibles: el retroceso del urbanismo, los cambios climáticos, la expansión de la industria caprina y, quizás, el surgimiento de las primeras prohibiciones rituales sobre el consumo de cerdo en determinadas regiones.

En el sur de Mesopotamia y en el Habur, cuanto mayor era la ciudad, más cerdos se consumían.

Mapa de Mesopotamia
Mapa. Fuente: Price 2026

Lugal-pa’e y sus 200 cerdos: la ganadería porcina vista desde dentro

Uno de los documentos más fascinantes que analiza Price es el archivo del templo de la diosa Bau en el estado de Lagash, bajo el reinado de Urukagina en el siglo XXIV a. C. Los textos registran la gestión de una piara de hasta 200 animales a cargo de un porquero llamado Lugal-pa’e. La cabaña incluía cerdas alimentadas con hierba y jabalíes machos, empleados como sementales para producir crías más grandes. Las piaras parían hasta tres camadas al año (algo imposible en condiciones salvajes) y alrededor del 80 % de los machos se sacrificaban antes de cumplir un año.

Otros textos, procedentes de Garshana y datados en el período de Ur III (ca. 2100-2000 a. C.), documentan tanto la construcción de pocilgas formales como el suministro de dátiles, salvado, cañas y cebada para alimentar a los cerdos . En Chagar Bazar, hacia 1777 a. C., un registro palatino menciona una piara de 210 cerdos alimentados con cebada en raciones de entre medio y tres litros diarios. Los cerveceros paleobabilónicos, por su parte, aprovechaban los granos fermentados sobrantes para engordar a sus animales, según otros documentos de la misma época. La cría porcina mesopotámica era, pues, técnicamente sofisticada.

Los cerveceros paleobabilónicos, por su parte, aprovechaban los granos fermentados sobrantes para engordar a sus animales.

Placa de terracota con cerdos
Placa. Fuente: Penn Museum

Pequeños y urbanos: la transformación del cerdo doméstico

Price utiliza medidas de los huesos (en concreto, la longitud del astrágalo) para reconstruir el tamaño de los cerdos mesopotámicos. Con base en esto, el estudioso sostiene que el cerdo doméstico del Bronce Antiguo medía unos 63 centímetros a la cruz y pesaba entre 50 y 70 kilogramos. Es una talla muy inferior a la del jabalí ancestral del período Neolítico inicial en Anatolia (de unos 90 cm y más de 140 kg) y al cerdo comercial contemporáneo, que alcanza pesos entre 100 y 130 kilogramos y se sacrifica a los nueve meses.

La disminución de tamaño a lo largo de milenios refleja la presión de la domesticación. Se obtienen así animales más pequeños y manejables, adaptados a vivir en espacios urbanos reducidos. El análisis de la hipoplasia lineal del esmalte dental (una marca de estrés nutricional que queda registrada permanentemente en los molares) revela que los cerdos del barrio bajo de Tell Leilan, por ejemplo, sufrían mayores carencias alimentarias que los de la acrópolis.

Según Price, esto encaja con el modelo documentado en los textos: las instituciones palaciegas y los templos contrataban porqueros especializados y suministraban grano a sus animales, mientras que la población no elitaria dejaba a sus cerdos hozar libremente en los desechos de las calles. La imagen del cerdo callejero comiendo excrementos también aparece en las fuentes escritas. Un conjuro acadio del primer milenio a. C. sitúa a cada animal en su hábitat natural: el buey en el redil, la oveja en el aprisco, el cerdo en la cloaca.

El cerdo mesopotámico habría sido, según la hipótesis del autor, el alimento de quienes escapaban al control institucional: un animal criado en los callejones, en las marismas y en las pocilgas domésticas, lejos de los registros de los escribas y del alcance de los recaudadores de impuestos.

Cerdo de terracota
Cerdo de terracota. Fuente: Penn Museum

El animal invisible del poder: por qué el cerdo no pagaba impuestos

La paradoja central que aborda Price es que, pese a su importancia dietética, el cerdo casi no existía para el Estado. Según su reconstrucción, no había tributación sistemática de cerdos en ningún período del Bronce mesopotámico. Los archivos de Drehem (el gran centro de redistribución animal del período de Ur III) apenas los mencionan. La única excepción documentada es el pago anual de un lechón al rey en el período paleobabilónico, que Price interpreta no como una tasa fiscal, sino como un gesto ritual simbólico entre el soberano y el súbdito.

Price propone una explicación económica para esto. El cerdo no producía lana que almacenable ni fuerza de trabajo. No podía moverse en grandes rebaños por la estepa y, sobre todo, era difícil de monopolizar. Cualquier familia urbana podía criar uno y alimentarlo con los desperdicios domésticos, sin necesidad de pastos, pastores ni registros. Esa misma autonomía lo hacía invisible para las instituciones y, precisamente por ello, se volvía aún más valioso para la gente común.

Price llama a este fenómeno «economía de escape», un recurso que los campesinos y los artesanos urbanos podían gestionar fuera de la mirada del poder. El cerdo mesopotámico habría sido, según la hipótesis del autor, el alimento de quienes escapaban al control institucional: un animal criado en los callejones, en las marismas y en las pocilgas domésticas, lejos de los registros de los escribas y del alcance de los recaudadores de impuestos.

Cerdos corriendo
Recreación fantasiosa. Fuente: Midjourney/Erica Couto

El legado oculto del cerdo

El tabú islámico que pesa sobre el cerdo y que se consolidó milenios más tarde borró casi por completo una práctica ganadera que, durante más de 2000 años. había sido central en la alimentación de millones de personas. Lo que los huesos revelan (una industria rica, técnicamente elaborada y adaptada a entornos urbanos densos) contrasta radicalmente con las imágenes oficiales.

Referencias

  • Price, M. (2026). «The Swine of Sumer (and Beyond): The Place of Pigs in Mesopotamian Cultures from the Uruk Through Old Babylonian Periods». Environmental Archaeology. DOI: 10.1080/14614103.2026.2651646

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