Se descubre que las plantas podrían saber contar y anticiparse al futuro

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Un estudio con Mimosa pudica sugiere que ciertos vegetales no solo reaccionan al entorno: también podrían registrar la secuencia de los acontecimientos y anticipar lo que viene.


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En el imaginario común, la inteligencia exige un cerebro. Parece una condición innegociable: neuronas, sinapsis, circuitos, memoria. Y, sin embargo, la naturaleza disfruta desbaratando nuestras certezas con la elegancia de lo inesperado. Allí donde creíamos ver solo automatismos, una investigación reciente abre una grieta fascinante: quizá algunas plantas no solo perciban estímulos, sino que además lleven una suerte de cuenta de lo que les sucede.

Eso es justamente lo que propone un trabajo publicado en Cognitive Science, centrado en la delicada Mimosa pudica, la llamada vergonzosa o “no me toques”. Famosa por plegar sus hojas al menor roce, esta especie ha servido ahora para explorar una pregunta que hasta hace poco sonaba casi extravagante: ¿puede una planta enumerar eventos? No en el sentido humano de recitar números, desde luego, sino en uno más profundo y biológico: distinguir secuencias discretas del entorno y ajustar su conducta en función de ellas.

La tímida planta que quizá recuerda más de lo que aparenta

La Mimosa pudica es una vieja conocida de la curiosidad científica. Su movimiento visible (las hojas que se repliegan al tacto o durante la noche) la convierte en una candidata ideal para estudiar cómo responden las plantas a cambios ambientales. En esta ocasión, los investigadores Peter Vishton y Paige Bartosh observaron su comportamiento bajo ciclos artificiales de luz y oscuridad, en condiciones cuidadosamente controladas.

Durante una primera fase, las plantas fueron expuestas a un patrón de tres días: dos jornadas con 12 horas de luz y 12 de oscuridad, seguidas de un tercer día enteramente a oscuras. Tras varias repeticiones, ocurrió algo llamativo. Las mimosas comenzaron a mostrar más movimiento en las horas previas al “amanecer” en los días en que la luz iba a llegar, pero no en el tercero, cuando el ciclo desembocaba en oscuridad continua. Según los autores, ese ajuste sugiere que las plantas habían captado la estructura de la secuencia.

El cambio, además, no fue caótico. Al modelarlo, los investigadores hallaron una curva de aprendizaje logarítmica, un patrón frecuente en animales: una modificación rápida al principio y una estabilización progresiva después. Esa semejanza no prueba que una planta “piense” como un mamífero, pero sí insinúa que existen formas de procesamiento de información más amplias de lo que solemos admitir. 

¿Memoria del tiempo o recuento de sucesos?

La gran objeción era obvia. Tal vez la planta no estaba contando eventos, sino midiendo tiempo. Después de todo, muchos vegetales siguen ritmos circadianos y anticipan el amanecer sin necesidad de cerebro alguno. Para distinguir entre ambas explicaciones, el equipo modificó la duración de los días experimentales y puso a prueba la elasticidad de esa aparente “expectativa” vegetal.

Cuando los ciclos se redujeron de 24 a 20 horas, las plantas alteraron su conducta con rapidez y se adaptaron al nuevo patrón. Ese desplazamiento resultó crucial, porque debilitaba la idea de una simple sincronía con un reloj fijo de 24 horas. Más adelante, los investigadores complicaron aún más el diseño: cada ciclo de tres días pasó a tener una duración aleatoria, desde 10 hasta 32 horas, repartidas entre luz y oscuridad.

Vishton señala una planta de Mimosa pudica dentro de su tienda de investigación.
Crédito: Stephen Salpukas

Los resultados fueron especialmente sugerentes. Entre las 12 y las 24 horas, las plantas siguieron comportándose de un modo compatible con la enumeración de eventos: mostraban más movimiento en los días en que la luz podía anticiparse que en aquellos destinados a la oscuridad. Fuera de ese margen, el patrón se desdibujaba. 

Los autores interpretan este detalle como la posible existencia de una ventana mínima de exposición necesaria para procesar la secuencia, y de un límite superior a partir del cual la planta ya no conservaría la pauta. En otras palabras, no solo importaría el orden de los sucesos, sino también cuánto puede retener ese sistema biológico no neuronal.

Una inteligencia sin neuronas y un límite más poroso entre reinos

Aquí es donde el estudio se vuelve verdaderamente perturbador, en el mejor sentido del término. Casi todas las teorías clásicas sobre memoria y toma de decisiones descansan en la presencia de neuronas. Pero las plantas carecen de ellas. Si estos resultados se consolidan en experimentos futuros, habría que aceptar que ciertos procesos funcionalmente semejantes al aprendizaje pueden emerger también en tejidos no neuronales.

La propuesta no consiste en humanizar a las plantas ni en atribuirles pensamientos conscientes. No se trata de decir que una mimosa resuelve problemas como lo haría una persona. La cuestión es más radical: tal vez la capacidad de registrar regularidades, ajustar respuestas y conservar información no pertenezca en exclusiva a los cerebros. Quizá sea una propiedad más difundida de la vida, una suerte de inteligencia elemental repartida en la materia viva mucho antes de la aparición de los sistemas nerviosos complejos.

Las implicaciones son amplias. Este tipo de hallazgos podría inspirar sensores biológicos, dispositivos computacionales basados en principios orgánicos o incluso nuevas preguntas sobre cómo aprenden las células no neuronales en animales y humanos. También obliga a revisar un hábito filosófico muy arraigado: la frontera tajante entre plantas pasivas y animales activos. Tal vez esa línea, como sugiere Vishton, no sea un muro, sino una membrana.

Con todo, conviene mantener la cautela. Un estudio no clausura el debate, apenas lo inaugura. Harán falta réplicas, controles adicionales y explicaciones mecanísticas que esclarezcan cómo se almacena y recupera esta información en ausencia de neuronas. Pero incluso en esa prudencia hay belleza: la ciencia avanza cuando una evidencia pequeña, obstinada y bien medida obliga a ensanchar el mapa del mundo. 

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