El 17 de marzo de 1939, entre informaciones sobre las hostilidades que terminarían derivando en la II Guerra Mundial, The New York Times recogía un incidente que había tenido lugar la tarde anterior en la concurrida Quinta Avenida. Salvador Dalí había sido detenido por un detective que, al ver los daños provocados en el escaparate de la tienda de lujo Bonwit Teller, se había bajado de un autobús para arrestar al artista catalán, que se encontraba visiblemente contrariado.
La razón de su indignación: que después de trabajar en las vitrinas del afamado establecimiento durante toda la madrugada, creando dos obras que llevaban por título Día y Noche y en las que dejaba patente su particular universo creativo, los clientes se habían quejado y los empleados procedieron a realizar vistosos cambios sin su autorización.
Al verlos, según recoge la noticia, él mismo entró en la tienda enfadado, «profiriendo palabras airadas en español y francés, los únicos idiomas que conocía» y alegó «que lo habían contratado para crear una obra de arte y no para que su nombre se asociara con la típica decoración de escaparates». Y como no llegaron a ningún acuerdo, el de Figueras irrumpió en una de las vitrinas y, al coger una bañera que formaba parte de su creación, rompió el cristal y esta cayó a la calle.
Sintonía Creativa
Este incidente, que no fue más allá de la imputación de un cargo por alteración del orden público, evidencia la respetuosa relación que Dalí tenía con la moda y la importancia que le concedía en su trabajo. Porque su obra se caracterizó por una rica imaginería simbólica vinculada a prendas y complementos: zapatos, vestidos, chaquetas, guantes y joyas son elementos clave de su lenguaje surrealista.
Gala, fotografiada por André Caillet en 1938, llevando el zapato-sombrero de Elsa Schiaparelli inspirado por un diseño de Salvador Dalí.
Fundació Salvador Dalí, Figueras
Y para cuando recibió el encargo neoyorquino, el artista llevaba años colaborando con la diseñadora Elsa Schiaparelli. Un trabajo conjunto —de los primeros ejemplos cooperativos entre el arte y la moda— -que dio lugar a objetos tan sorprendentes como la polvera con forma de disco telefónico, el vestido langosta y el teléfono langosta, el zapato-sombrero con el que Gala, su musa y esposa, fue inmortalizada por André Caillet en 1938 (en la imagen superior) o el vestido lágrima, que convirtió el líquido producto de las emociones más intensas en un material estético.
La relación de Dalí con la moda no fue, por tanto, un episodio aislado de su carrera, sino una segunda práctica artística en la que se empleó con tanto ahínco como con el lienzo. Coincidiendo con la Semana de la Moda de Milán, el Palazzo Reale de la ciudad italiana ha plasmado ese compromiso en la muestra Dalí y la moda.
El broche El ojo del tiempo, elaborado con platino, rubí natural, diamantes, esmalte y y un relok con mecanismo Movado 50SP.
Fundació Salvador Dalí, Figueras
Hasta el 31 de enero, y en colaboración con la Fundación Gala-Salvador Dalí de Figueras, el Museo Dalí de San Petersburgo (Florida) y el Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía (Madrid), este proyecto expositivo reúne obras maestras, fotografías, joyas y documentos, además de prendas de vestir y archivos históricos de Schiaparelli, Chanel, Dior y Rabanne.
Elementos que exploran su sintonía con la alta costura, revelando una dimensión poco conocida pero sumamente fértil, de sus intereses creativos. La encarnación de la complejidad de un artista que no sólo influyó en la industria, sino que también supo anticipar algunos de sus problemas actuales: la construcción de la identidad y su vínculo con el acto de vestir, la espectacularización de la imagen, el diálogo entre el arte y el consumo o el poder de la creatividad para reinventar la realidad. Algo que Dalí, por experiencia propia, conocía de primera mano.