Las enormes auroras rojas que aparecen sobre Japón podrían ocultar tormentas solares mucho más violentas de lo previsto

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Las auroras rojizas visibles desde Japón durante las grandes tormentas solares de 2024 podrían estar revelando un problema imprevisto para la física espacial. Algunos investigadores sospechan que ciertos episodios geomagnéticos extremos liberan mucha más energía de la que los modelos actuales calculan.

Representación artística de una aurora roja en Japón. ChatGPT, César Noragueda.


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César Noragueda

Periodista especializado en cine, ciencia y pensamiento crítico.


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Las auroras rojas que cubrieron el cielo japonés en mayo y junio de 2024 se suponían, en principio, otra consecuencia espectacular del máximo solar actual. Sin embargo, varios investigadores barruntan ahora algo bastante más llamativo: esos resplandores podrían estar apuntando a tormentas geomagnéticas mucho más energéticas de lo que indican los sistemas clásicos de medición espacial.

El nuevo trabajo, publicado en Space Weather and Space Climate por especialistas de la Universidad de Hokkaido y el Instituto de Ciencia y Tecnología de Okinawa, describe un comportamiento atmosférico difícil de encajar con las estimaciones convencionales de actividad solar. Algunas auroras rojas percibidas sobre Japón alcanzaron altitudes insólitas; inclusive cuando las tormentas asociadas parecían moderadas.

Un resplandor rojo visible desde lugares donde rara vez surge

A lo largo de décadas, las auroras visibles desde Japón se consideraron fenómenos relativamente débiles y confinados al horizonte norte. El problema es que las observaciones recientes no terminan de comportarse así. Los investigadores detectan auroras rojas extendiéndose entre 500 y 800 kilómetros de altitud en eventos registrados sobre Hokkaido entre junio de 2024 y marzo de 2025. Esa cifra resulta llamativa porque tales auroras de baja latitud suelen formarse bastante, por supuesto, más abajo; normalmente, entre 200 y 400 kilómetros.

La diferencia se diría técnica, aunque cambia mucho la interpretación física del fenómeno. Cuanto mayor es la altitud alcanzada por estas emisiones, más probable resulta que la ionosfera, la atmósfera superior, esté recibiendo y absorbiendo energía de maneras que los modelos actuales no describen del todo bien, difíciles de reconstruir.

La tonalidad roja se presenta cuando partículas procedentes del viento solar excitan átomos de oxígeno en regiones atmosféricas muy elevadas. Allí el aire es extremadamente tenue y, debido a ello, la liberación de energía genera un brillo carmesí difuso que puede contemplarse desde grandes distancias.

Cuando partículas procedentes del viento solar excitan átomos de oxígeno en regiones atmosféricas muy elevadas, donde el aire es muy tenue, la liberación de energía genera un brillo carmesí difuso que puede contemplarse desde granes distancias.

El hallazgo curioso está en la altura de las emisiones

La investigación japonesa no se limitó a fotografiar el fenómeno. Los científicos combinaron imágenes tomadas por espectadores civiles, datos geomagnéticos y modelos atmosféricos para reconstruir la estructura tridimensional de las auroras. Y su estudio concluye que algunas emisiones alcanzan capas mucho más altas de la ionosfera de lo previsto incluso durante perturbaciones geomagnéticas consideradas moderadas. Ahí llega la gran anomalía del trabajo.

Hasta ahora, muchos especialistas asumían que las auroras extremadamente elevadas solo emergían durante supertormentas solares excepcionales. Lo raro es que los registros japoneses no siempre coinciden con eventos clasificados entre los más violentos.

Eso podría significar dos cosas: o bien los mecanismos físicos responsables de estas auroras siguen mal comprendidos, o quizá las herramientas tradicionales para medir la intensidad real de ciertas tormentas espaciales no capturan toda la energía implicada. La segunda opción resulta bastante menos confortable.

Los lugares de observación de científicos ciudadanos y las fotografías de auroras rojas tomadas por científicos ciudadanos. TN, K. Uematsu.

La supertormenta de mayo de 2024 cambió muchas certezas

Gran parte de esta nueva investigación nace del enorme acontecimiento geomagnético del 10 y 11 de mayo de 2024, conocido ya como la tormenta del Día de la Madre. Aquella perturbación alcanzó categoría G5, la máxima en la escala NOAA.

Las eyecciones de masa coronal comprimieron la magnetosfera planetaria hasta unos 5 radios terrestres y provocaron auroras visibles en latitudes extraordinariamente bajas. El índice Dst cayó hasta -412 nanoteslas, lo que convirtió aquel evento en la sexta tormenta geomagnética más intensa registrada desde 1957.

Las consecuencias fueron globales. Se detectaron alteraciones ionosféricas en Europa, Norteamérica y Asia; hasta surgieron auroras en regiones donde millones de personas jamás habían avistado algo semejante.

Sin embargo, Japón aportó algo distinto. Las cámaras de aficionados y fotógrafos permitieron reconstruir detalles espaciales imposibles de obtener únicamente con observatorios científicos tradicionales. En cierto modo, la ciudadanía acabó proporcionando una red de sensores ópticos improvisada.

El detalle azul que desconcertó a los físicos

No todas las auroras advertidas durante aquel suceso fueron rojas. Algunas mostraban un color azul dominante extremadamente raro para latitudes bajas. Los científicos japoneses identifican estructuras azules alineadas con el campo magnético terráqueo que se extendían a lo largo de unos 1.200 kilómetros. El fenómeno brotó cerca de los 40 grados de latitud magnética y alcanzó altitudes superiores a 900 kilómetros.

Ese resultado complica bastante las teorías anteriores. Durante mucho tiempo, varios trabajos atribuyeron estas emisiones azules a átomos neutros energéticos asociados al anillo de corriente terrestre. Ahora la geometría analizada apunta hacia mecanismos más complejos. Los autores plantean incluso la posibilidad de que ciertos iones de nitrógeno molecular estén siendo acelerados mediante procesos todavía mal descritos.

Quizá, las tormentas solares extremas no sean raras, sino que seguimos midiendo mal algunas de sus manifestaciones más violentas.

La consecuencia conceptual resulta fascinante. El cielo nocturno japonés podría estar mostrando procesos de transferencia energética que la física espacial aún no interpreta completamente. Así las cosas el problema quizá no sea que las tormentas solares extremas sean raras, sino que seguimos midiendo mal algunas de sus manifestaciones más violentas.

La amenaza ya no afecta solo a satélites y astronautas

Hace unas décadas, una tormenta geomagnética intensa habría sido sobre todo una curiosidad científica. Hoy el contexto es mucho más delicado, pues las perturbaciones solares pueden alterar redes eléctricas, GPS y comunicaciones orbitales cuando enormes corrientes inducidas atraviesan la atmósfera superior y el campo magnético terrestre. El apagón de Quebec en 1989 continúa siendo el ejemplo clásico de esa vulnerabilidad.

La dependencia tecnológica actual multiplica el riesgo. Satélites de navegación, sincronización bancaria, aviación transpolar, centros de datos y cables submarinos dependen de un entorno espacial relativamente estable.

Una aurora espectacular puede convertirse en síntoma visible de una transferencia energética potencialmente peligrosa para infraestructuras globales.

Debido a ello, cualquier indicio de que las tormentas solares extremas están subestimadas adquiere una relevancia considerable. Una aurora espectacular puede convertirse, en realidad, en el síntoma visible de una transferencia energética potencialmente peligrosa para infraestructuras globales.

El Sol sigue siendo mucho menos predecible de lo que parece

Existe cierta ironía científica en todo esto. El Sol es la estrella mejor estudiada de la galaxia y, aun así, continúa sorprendiendo a quienes dedican su vida a analizarlo. Los investigadores admiten que todavía no entienden completamente cómo evoluciona la ionosfera durante grandes tormentas geomagnéticas, y eso vuelve especialmente valiosos los exámenes visuales de auroras inusuales. En ocasiones, una fotografía tomada por un aficionado aporta pistas que los instrumentos automáticos no captan con claridad.

Japón posee además una ventaja singular. El país conserva abundantes registros históricos de auroras visibles desde latitudes relativamente bajas. Algunos equipos científicos ya utilizan documentos medievales y crónicas antiguas para reconstruir tormentas solares del pasado. Y la lógica detrás de estos trabajos resulta muy atractiva. Una aurora contemplada hace siglos funciona casi como un fósil luminoso; una huella indirecta de actividad solar extrema almacenada en archivos históricos.

Recreación artística de una tormenta solar que produce auroras rojas en la zona de Japón. ChatGPT, César Noragueda.

Tal vez, solo hemos tenido suerte

Hay una idea embarazosa flotando detrás de toda esta investigación. Nuestra civilización digital apenas lleva unas pocas décadas dependiendo de sistemas vulnerables al clima espacial. El periodo de observación moderno resulta diminuto frente a los ciclos astronómicos de larga duración.

Los físicos sospechan que los eventos solares devastadores podrían ser más frecuentes de lo asumido porque las reconstrucciones históricas siguen siendo incompletas. Las auroras rojas observadas sobre Japón quizá no constituyan solo una rareza visual, sino una advertencia parcial de fenómenos todavía insuficientemente conocidos.

La cuestión de mayor trascendencia, por tanto, ya no consiste únicamente en cuándo llegará la próxima gran tormenta solar. El interrogante verdaderamente delicado quizá sea otro: cuánto tiempo llevamos interpretando el comportamiento extremo del Sol con herramientas incapaces de captar toda la energía que realmente libera.

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