Hubert de Givenchy (1927-2018) parecía modelo, pero era diseñador. El diseñador que empezó con Jacques Fath y Elsa Schiaparelli hasta que abrió su propia firma, siempre con el apoyo de Cristóbal Balenciaga. También parecía aristócrata y lo era, esta vez sí. El conde Hubert de Givenchy. Un noble con una residencia de campo en el valle del Loira, Le Jonchet, con toda la prestancia de un château, aunque en realidad sea un manoir. Esto es, una casa señorial en el campo, a diferencia de los hôtels particuliers, palacetes de ciudad.
Claro que Givenchy, el amigo íntimo de Audrey Hepburn, también tenía un hôtel particulier en París, el Hôtel d’Orrouer, en el distrito 7, que había albergado la embajada de Austria. Además de Clos Fiorentina, una masía provenzal sembrada de limoneros en Cap Ferrat, en lo mejor de lo mejor de la Costa Azul. ¿Se podía pedir más? El francés de Beauvais, donde su abuelo poseía una fábrica de tapices, derrochaba estilo y elegancia hasta en bata de atelier. Le llamaban Le Grand. Por su porte, por sus modales, por su contribución a la moda, pero también por su altura. Medía casi dos metros. Impresionaba.
Le Jonchet no era herencia de su familia aristocrática, como podría parecer, sino que lo adquirió el propio Givenchy a principio de los setenta junto a su pareja de siempre, el también modista Philippe Venet. Y lo cierto es que le sentaba de lujo al hijo menor de Lucien Taffin de Givenchy, marqués de Givenchy, y Béatrice Badin, más conocida como Sissi. Para colmo, este castillo del siglo XVI lucía el jardín de rosas diseñado por Bunny Mellon, íntima amiga de Jackie Kennedy, de Balenciaga y suya. Además de los jardines laberínticos inspirados en el monasterio veneciano de San Giorgio, ubicado en la isla de San Giorgio Maggiore, casi un sueño. Más todavía en el cuadro pintado por Monet.
Hubert de Givenchy, nobleza veneciana
Venecia no le era ajena, más allá de que a ningún amante de la belleza le sea. De hecho, sus raíces hay que buscarlas allí, de donde eran originarios los Taffin, ennoblecidos desde 1713. Fue su hermano mayor, Jean-Claude de Givenchy, quien heredó el marquesado y quien se hizo cargo de Parfums Givenchy. Unos perfumes que nos evocan la relación casi matrimonial que Hubert tuvo con Audrey Hepburn. Porque por ella y para ella creó el famoso L’Interdit Parfum, que lanzó en 1957, resonando aquel definitivo «te lo prohíbo».
Hubert de Givenchy realizando una prueba en 1961.
MUSEO BALENCIAGA / TONY VACCARO ARCHIVES
El propio hijo de la actriz, Sean Hepburn Ferrer, nos contaba recientemente cómo se conocieron el diseñador y su madre: «La mujer de Billy Wilder, que también se llamaba Audrey, le aconsejó que visitara a Balenciaga en París cuando cuando estuviera de viaje por Europa para que le diseñara el vestuario de Sabrina. Balenciaga estaba muy ocupado y le recomendó a su protegido, Hubert de Givenchy».
Givenchy y Audrey Hepburn
El autor de Audrey íntima (Lunwerg) continuaba: «A Givenchy le comunicaron que iría Miss Hepburn, y él pensaba que se trataba de Katharine, porque en Francia no se había estrenado todavía Vacaciones en Roma y nadie sabía quién era Audrey Hepburn. Cuando vio a esa chiquilla delgada, alta, con grandes ojos y el pelo corto, con un pantalón capri, bailarinas y un sombrero veneciano de paja, para él fue una sorpresa absoluta». El flechazo fue inmediato. El mismo Sean Hepburn reconocía que les unió «una amistad que hubiera podido ser algo más, pero él era homosexual».
De ese atelier salió el traje entallado en lana gris de doble botonadura y cintura de avispa de Sabrina, el vestido de noche rojo de Una cara con ángel y, por supuesto, el inolvidable vestido negro de cóctel de Desayuno con diamantes. No era una clienta solo, ni tampoco solo su musa. Él, por su parte, tampoco era solo su couturier. Se dejaban ver por París o Roma, a la salida o la entrada de una gala o un restaurante, o paseando por el Sena. La alianza era glamurosa y perfecta.
Así que cuando Audrey Hepburn se casó por segunda vez, en 1969, con Andrea Dotti, no podía ser sino él quien le cortara el traje. Un minivestido rosa pálido que ella lució como nadie, con un pañuelo en la cabeza a juego. Siguieron trabajando y saliendo juntos hasta la muerte de ella, en 1993. Audrey fue única, pero no la única en cuestión de moda. Hubert de Givenchy vistió a todas las mujeres que pisaban fuerte en este terreno. Desde Elizabeth Taylor hasta Sophia Loren. Y de Jacqueline Kennedy a la duquesa de Windsor, pasando por Grace Kelly o Maria Callas.
Audrey Hepburn en Desayuno con diamantes, vestida de Givenchy.
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Nunca quiso estudiar Derecho, como mandaban los cánones familiares. Se había instalado en París para ingresar en la Escuela de Bellas Artes y formarse en el oficio de la moda. Ese mismo año, a los 17, ya estaba trabajando en el taller de Jacques Fath. Después, en los de Robert Piguet y Lucien Lelong, este último por recomendación de Christian Dior, quien también le sugirió que se formara con Elsa Schiaparelli. En 1952 abrió su propia casa, la Maison Givenchy. Entró pisando fuerte porque su primera colección, Separates, ya tuvo un gran éxito. Ahí estaba su famosa blusa Bettina. Y, por fin, pudo cumplir su sueño: conocer a Balenciaga.
Un coleccionista de arte y moda
En 2022, con motivo del 70º aniversario de la casa de moda que lleva su nombre, Christie’s sacó a la venta un soberbio catálogo de pertenencias del couturier que dejaba claro hasta donde llegaba su amor al arte. No solo coleccionaba fabulosos palacetes guiado por un espíritu renacentista, sino muebles, esculturas y otras piezas artísticas. A esto hay que sumar la colección de piezas diseñadas por el maestro de Guetaria, que terminó donando a su museo, del que fue impulsor. Quería con ello «salvaguardar testimonios materiales de la obra del diseñador y evitar que se dispersaran o desaparecieran con el paso del tiempo», explican desde el Museo Balenciaga.
Modelo de Givenchy Haute Couture Febrero 1958.
MUSEO BALENCIAGA / GIVENCHY PARIS
Este amor era recíproco. Lo evidencian desde la institución getariarra: «Cuando Balenciaga decidió retirarse en 1968, facilitó la transferencia de parte de su personal de confianza y de algunas de sus clientas más fieles a la Maison Givenchy». Al tiempo, recuerdan que «esta afinidad creativa comenzó a gestarse tras el encuentro entre ambos diseñadores en 1953, en Nueva York, propiciado por la socialité chilena y gran clienta de la alta costura Patricia López-Wilshaw». El mismo Hubert de Givenchy lo dijo: «Si no hubiera conocido a Balenciaga, quizá nunca habría descubierto la esencia de la moda».
The Givenchiaga Family
Precisamente, en el palacio de Aldamar, donde se ubica el museo, se puede ver ahora mismo una exposición que abunda en la relación entre ambos, The Givenchiaga Family, abierta hasta el 22 de febrero de 2027, justo cuando se cumple el centenario del nacimiento del francés. La periodista británica Katharine Whitehorn había utilizado esta expresión a la hora de hablar de estos dos grandes de la moda en un artículo para The Observer de 1960: «Siguen teniendo más cosas en común que diferencias, se parecen más entre ellos que a cualquier otro. Uno es mayor, el otro más joven: siguen siendo, sin lugar a dudas, la familia Givenchiaga». En el mismo artículo, Whitehorn decía haber visto en sus colecciones «los vestidos más bellos del mundo».