«El ballet es bueno, porque te hace mantenerte erguido»; ya lo dijo Carine Roitfeld, considerada la reina del erotic-chic en los noventa y dos mil por sus controvertidas campañas junto a Tom Ford y el fotógrafo Mario Testino para Gucci. El ballet es una de las disciplinas artísticas más exigentes, pero quizás también una de las que más se asemejan a la moda. Además, funciona como parte esencial de su imaginario: bailarinas, medias, cashmere cruzado y siluetas etéreas dominan la pasarela de la próxima temporada.
Sin duda alguna, esta danza clásica simboliza un universo ligado a la élite, pero también conjuga a la perfección el refinamiento más chic. Algunas de las firmas más relevantes de la industria se han rendido al balletcore, especialmente Dior, Chanel, Valentino e incluso Miu Miu. Muchas de ellas han diseñado vestuarios para compañías de danza de todo el mundo —como ya hizo Halston en los años ochenta—.
Pero el lujo no solo se inspira en el ballet como si fuera un laboratorio estético, sino que bebe de toda su filosofía: disciplina, control, postura y una perfección casi inalcanzable. La idea de dominar el cuerpo trasciende cualquier disciplina artística y se convierte en una fantasía visual —como ocurre con las modelos sobre la pasarela—. Sin embargo, no todo es tan bello como parece; también existen entresijos que convierten esa búsqueda de la perfección en una tensión constante con los límites de lo saludable.
Porque sí, el ballet es belleza, pero también autoexigencia y perfeccionismo extremo, capaz de sacar lo peor del ser humano. Ya lo vimos en Cisne negro (2010), donde Natalie Portman interpretaba a una bailarina atrapada entre la obsesión, el control y la dualidad entre el bien y el mal. Por este motivo, surge la siguiente pregunta: ¿la moda celebra el arte del ballet o simplemente lo transforma en una idea de perfección tan bella como difícil de alcanzar?
Cómo el ballet ha moldeado el imaginario del lujo
La herencia estética del ballet toma como referencia todo el imaginario de la danza clásica. Ya podemos ver cómo las bailarinas se han convertido en el calzado estrella de la temporada, no solo por su comodidad, sino también por toda la carga estética que representan. También la icónica falda de tul que protagonizaba la cabecera de Sex and the City, llevada por Carrie Bradshaw bajo las directrices estilísticas de Patricia Field, consolidó una fantasía visual que sigue presente décadas después.
Pero el balletcore no se limita al séptimo arte o al street style. Dior, bajo la dirección creativa de Maria Grazia Chiuri —y anteriormente con John Galliano—, ha utilizado el tul, las transparencias y las siluetas ligeras como parte de un imaginario profundamente ligado al ballet. También Moschino desde una estética más camp y Valentino desde la sutileza que tanto caracteriza a la firma. El auge del balletcore no es solo aspiracional, sino profundamente intencional.
Look del desfile de Moschino primavera-verano 2018.
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No se venden únicamente estilismos románticos, sino una idea de delicadeza sofisticada y de elegancia intelectual que va mucho más allá de El cascanueces o Giselle. La figura de la bailarina se convierte en un símbolo de sofisticación silenciosa que trasciende el escenario y también las pasarelas de las diferentes semanas de la moda. Es una idealización de la belleza femenina donde el cuerpo perfecto continúa funcionando como símbolo de estatus —aunque posteriormente sea cuestionado, como hemos visto con Demi Moore en el Festival de Cannes—.
Look del desfile primavera-verano 2011 de Chloè.
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Y, de nuevo, deberíamos preguntarnos por qué esta tendencia funciona culturalmente. Quizás porque el ballet proyecta lujo emocional, prestigio y una sensibilidad artística que pocos terminan de comprender —lo digo como alguien que suele acudir en solitario al Teatro Real—. Una estética delicada y cuidada que, en el fondo, no deja de ser profundamente exigente y, a veces, cruel, pero que sigue despertando admiración cuando cae el telón.
La fantasía cultural del perfeccionismo y la belleza extrema
Siempre comparo el cuerpo de una bailarina de ballet con el de una modelo: delgadez, sacrificio y excelencia. No todo el mundo puede llegar a convertirse en la primera figura de un cuerpo de baile o en la protagonista absoluta de una pasarela; precisamente por eso, disciplinas de este carácter suelen ser juzgadas con cierta banalidad. Rara vez se perciben como profesiones plenamente legitimadas por la sociedad, algo que ya ocurrió con grandes maniquíes de los noventa como Linda Evangelista, Naomi Campbell, Carla Bruni, entre otras.
También es cierto que el lujo parece construir una contradicción alrededor de la estética del ballet: admira su imaginario, pero omite gran parte de su dureza. El dolor, el rechazo, la presión psicológica y el esfuerzo mental —a veces más exigente que el físico— rara vez forman parte del relato aspiracional. Al glamour no le interesa mostrar lo incómodo, sino esa parte idealizada donde un estilismo parece imponerse a todo lo demás. Quizás también deberíamos admirar esa dimensión menos amable para comprender realmente el sacrificio de quienes entregan su vida a esta profesión.
El comienzo escénico del desfile Dior para la temporada primavera-verano 2019.
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Tampoco podemos olvidar cómo Hollywood ha romantizado el ballet a través de la moda, convirtiéndolo en un ideal aspiracional para muchas mujeres que consumen disciplinas ligadas al bienestar, desde el pilates hasta ciertas formas de wellness extremo. Por este motivo, el lujo que vende el balletcore no solo propone un look, sino toda una fantasía aspiracional cargada de control, belleza y poder simbólico.
Quizás el ballet no inspira a la moda únicamente por sus tutús delicados o sus siluetas etéreas, sino porque simboliza algo mucho más profundo —y quizá incómodo cuando se analiza con detenimiento—: una belleza casi divina e inalcanzable. Sin embargo, la moda siempre ha jugado un papel normativo definiendo qué se considera bello y qué no, algo que también sucede en el ballet. Ambas disciplinas conviven dentro de una exigencia estética tan fascinante como cuestionable. Entonces, ¿el lujo admira al ballet por su elegancia o por la fantasía de sofisticación que proyecta?