A los padres, que siempre están

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Nací en una ciudad muy pequeña llamada Zamora, lo que significa que mis posibilidades de vivir toda la vida allí desaparecieron cuando decidí que quería estudiar periodismo. Una decisión que tenía bastante clara desde que era pequeña y me encantaba inventar historias y poemas para que mis dos únicos admiradores los leyeran: mis padres.

Con 18 años, llené una maleta de toda la ropa que entonces creía que era la más estilosa y dejé a un lado el miedo para irme a vivir a otra ciudad. Comencé una nueva vida, lejos de todo lo que había conocido. Empecé a intentar ser adulta antes de tiempo y, sin querer, con el paso de los años, esa nueva realidad era la única que conocía ya. Para mí era natural estar lejos de mi familia, aprender a vivir de forma independiente. A veces, incluso demasiado.

Empezó a ser habitual eso de espaciar las visitas, de disfrutar mucho de la juventud y de los buenos amigos que se convierten en una segunda familia. No son comparables, pero sentirte acompañada cuando estás lejos de casa también hace que no resulte triste.

Ahora mismo tengo 34 años y vivo en Madrid. Dieciséis años después, sigo estando lejos de mi casa y, sin embargo, sigo teniendo esos dos mismos admiradores desde que era pequeña. Ellos siempre esperan que vuelva con los brazos abiertos. Saben exactamente lo que es el amor desinteresado, el querer pase lo que pase y el esperar lo que haga falta para que hagas un hueco en tu agenda. Y ahora que el tiempo pasa, las prioridades cambian y que yo también soy adulta (o eso dicen), empiezo a notar toda esa distancia que antes veía natural y a la que estaba totalmente acostumbrada.

«Cuando un recién nacido aprieta con su pequeño puño, por primera vez, el dedo de su padre, lo tiene atrapado para siempre». Gabriel García Márquez.

Empieza a costarme no estar presente cuando llega una mala noticia o, mejor aún, cuando llega una buena. Empiezo a ser consciente de que los kilómetros sí que separan y, no nos vamos a engañar, a veces pesan. Luchar por tus sueños también tiene esa parte de nostalgia para los que vienen de ciudades muy pequeñas. Y ahora empiezo a entender exactamente lo que ellos sintieron cuando yo tenía 18 años y se dieron cuenta de que no iban a estar presentes nunca más en el día a día, en las cosas cotidianas. Que los abrazos ya tenían que esperar.

La parte buena es que siempre que vuelves, todo sigue exactamente igual. Vuelves a sentir ese «pertenecer a un sitio» y tener una casa en la que siempre eres bien recibida.

Así que ahora me dirijo a ti, a quien me lee ahora mismo. Para que, si te sientes reflejada en estas líneas y has normalizado estar fuera más de lo que deberías, descuelgues el teléfono, porque seguramente esa llamada, por muy corta que sea, será lo más bonito que les pase hoy.

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