La bola negra, la película de Javier Ambrossi y Javier Calvo, que está triunfando y emocionando allá donde va, ya por fin en cines y de camino a los Oscar, nos ha hecho tirar del hilo literario. No para salir del laberinto, sino para entrar en él. La obra inacabada (perdida o destruida) de Federico García Lorca, de la que apenas se conservan cuatro páginas, les dio a los cineastas el título original, el tema y su planteamiento. Un joven de buena familia rechazado como miembro del casino con la bola negra. ¿Por qué?
El granadino se había propuesto hablar de la homofobia abiertamente. Como en El público, pero sin florituras oníricas y surrealistas. Él mismo calificó este como «teatro de escándalo» en una carta a su íntimo Rafael Martínez Nadal, la última persona que le vio en Madrid el 16 de julio de 1936 antes de que partiera para Granada: «He escrito un drama de tema francamente homosexual. Creo que es mi mejor poema». Aquí entra en escena Rafael Rodríguez Rapún. Tanto pisando las tablas de La piedra oscura, del dramaturgo Alberto Conejero, coguionista del filme de los Javis, como desvelándose, por fin, desde los Sonetos del amor oscuro, del propio Federico. Sí, Rapún era «el amor que dormía en el pecho del poeta».
Las dos obras tienen su enjundia y la dos nos conducen hasta Tres Erres, como llamaban a Rapún en La Barraca, el grupo de teatro universitario fundado por Lorca que llevaba el teatro clásico por los pueblos. Conejero se vale de la ficción para dramatizar las últimas horas de este estudiante madrileño de Ingeniería de Minas y Derecho que se marchó al frente para defender la República y sus principios democráticos nada más enterarse de que habían fusilado a Federico. «El mundo se había deshecho bajo mis pies y me parecía que todo flotaba en el aire», leemos en La piedra oscura. No era gay, «pero estaba cogido en esa red, cogido no, inmerso en Federico», en palabras de Modesto Higueras, compañero de La Barraca.
Lorca y Tres Erres
La escritora María Teresa León lo había contado en su autobiografía Memoria de la melancolía (1970): «Nadie como este muchacho silencioso debió sufrir por aquella muerte. Terminadas las noches, los días, las horas. Mejor morirse. Y Rapún se marchó a morir al frente del Norte. Estoy segura de que después de disparar su fusil rabiosamente se dejó matar. Fue su manera de recuperar a Federico». Curiosamente, se formó como teniente de artillería en Lorca (Murcia) y mucho más curioso aún, escalofriante incluso, murió desangrado en el Hospital Militar de Santander el 18 de agosto de 1937, justo un año después del poeta. Le habían herido en un ataque aéreo.
Rafael Rodríguez Rapún y Federico García Lorca, en la primera edición de La piedra oscura.
CORTESÍA
En este hospital, «cerca el mar», es donde se encuentran los dos personajes de La piedra oscura, que Conejero publicó en 2013 y estrenó en 2015 en el Teatro María Guerrero de Madrid, con la dirección de Pablo Messiez. Uno es el Rafael real, que roza la treintena, hecho prisionero por los sublevados, y el otro es un Sebastián inventado, joven e ingenuo soldado de solo 18 y forzado a ser su custodio. En el teatro, Daniel Grao y Nacho Sánchez. En la película, Miguel Bernardeau y Guitarricadelafuente, respectivamente.
Sonetos del amor oscuro
Entre ambos, un diálogo descarnado. Como telón de fondo, Federico. Su poesía late en cada página. A Sebastián le pide Rafael que ponga a salvo los papeles del autor de La casa de Bernarda Alba. Y a este le da voz «en el oscuro»: «Por favor, guarda como te pedí mis cosas. Si me pasara algo, haz lo que tú consideres. Y quema, por favor, nuestras cartas o escóndelas donde solo tú puedas encontrarlas. Ahora todo lo miran». Y más adelante: «Llama, Rafael, llámame en cuanto puedas y llena de palabras mi locura».
El poeta pide a su amor que le escriba, titula este acto Conejero. Así nos lleva hasta uno de los Sonetos del amor oscuro, como los había bautizado Vicente Aleixandre en 1937: «Pero yo te sufrí. Rasgué mis venas,/ tigre y paloma, sobre tu cintura/ en duelo de mordiscos y azucenas./ Llena, pues, de palabras mi locura/ o déjame vivir en mi serena/ noche del alma para siempre oscura». Los propios sonetos no salieron de la oscuridad hasta 1983, cuando Víctor Infante y Luis Alberto de Cuenca urdieron una edición pirata de 250 ejemplares, que enviaron a destinatarios cautelosamente elegidos. Unos meses después, ya en 1984, el diario ABC los publicaba por todo lo alto, provocando, como se dijo entonces, «un terremoto cultural».
Conejero y los milagros
Alberto Conejero, por su parte, escribe con información de primera mano porque consiguió contactar, casi milagrosamente, con Tomás Rodríguez Rapún, quien «en la primavera y el verano de Madrid de 2012 y a sus 95 años, compartió conmigo horas de recuerdos y las reliquias de aquella relación», describe en el preludio de su obra. El hermano de Rafael le mostró las cartas, los dibujos y los libros que Federico le había dedicado, mientras que su hija Margarita le permitió acceder a los archivos familiares. Hay un esperanzador final puesto en boca de Rafael en el texto: «Nadie puede desaparecer del todo, ¿verdad?».
Daniel Grao y Nacho Sánchez como Rafael y Sebastián en la representación teatral de La piedra oscura.
CORTESÍA
No podía pasar cuando se ha escrito algo como: «Si tú eres el tesoro mío,/ si eres mi cruz y mi dolor mojado,/ si soy el perro de tu señorío,/ no me dejes perder lo que he ganado/ y decora las aguas de tu río/ con hojas de mi otoño enajenado». Son los dos tercetos del Soneto de la dulce queja, el que empieza con los conocidos versos «Tengo miedo a perder la maravilla/ de tus ojos de estatua…». Ahora, tras tanto tiempo en la oscuridad y el «silencio sin confín», desde Cannes hasta Los Ángeles pasando por Toronto, todos los focos apuntan a Rafael Rodríguez Rapún, Tres Erres. Como queriendo romper el duelo.