La reciente propuesta de presidenta Claudia Sheinbaum para centralizar el uso de datos biométricos de la población es una disminución en la protección de los derechos individuales y la transparencia del gobierno. La iniciativa, que en principio puede parecer una solución moderna y eficiente para la gestión de la seguridad pública y, en particular, para abordar la crisis grave en el campo de las personas desaparecidas, esconde numerosos peligros y riesgos que no deben subestimarse.
El uso de datos biométricos, que incluye información personal como huellas digitales, reconocimiento facial y patrones de voz, es extremadamente sensible, ya que, debido a su naturaleza, son datos únicos para cada persona, lo que les da un carácter de privacidad esencial. Centralización Esta información en una sola agencia gubernamental implica una invasión sin precedentes de la privacidad de los ciudadanos. La acumulación de esta información en una base de datos centralizada representa un posible abuso de poder por parte del estado, que podría usar estos datos para fines que van más allá de la simple protección de la seguridad pública, especialmente, considerando que el cuerpo autónomo encargado al garantizar la privacidad, el INAI, fue desaparecido por la mayoría legislativa de Morena.
La centralización de los datos biométricos también aumenta serios riesgos de seguridad. Una base de datos centralizada se convierte en un objetivo atractivo para los cibercriminales. La historia ha demostrado que ninguna base de datos es completamente segura contra el acceso no autorizado. Los ataques cibernéticos a la infraestructura crítica son una realidad tangible y la eventual obtención de datos biométricos para intereses extranjeros e incluso criminales podría tener consecuencias devastadoras, incluido el robo de identidad y el fraude.
La propuesta del presidente Sheinbaum carece de una estructura clara de transparencia y responsabilidad en la gestión de los datos biométricos. El acceso a esta información por parte de las autoridades debe ser estrictamente regulado y monitoreado para evitar el abuso. Sin embargo, la centralización y el control por un solo organismo aumentan la posibilidad de corrupción y mal uso de datos, ya que centraliza el poder sin ofrecer garantías adecuadas de supervisión externa e independiente.
Esta iniciativa oculta una oscura intención de ejercer un control extremo de los ciudadanos, ya que, por supuesto, la implementación de esta reforma tendrá un impacto negativo en los derechos humanos. La vigilancia masiva y la recopilación de datos biométricos representan una forma de control social que puede usarse para suprimir la disidencia y limitar las libertades civiles. La historia reciente en varios países ha demostrado cómo la vigilancia estatal se puede utilizar para perseguir a los activistas políticos, periodistas y oponentes. México no debe seguir esta tendencia, sino fortalecer los mecanismos para la protección de los derechos y la transparencia.
En lugar de centralizar los datos biométricos, México debería explorar alternativas que equilibran la necesidad de seguridad con la protección de los derechos individuales. La descentralización de los datos, junto con un cifrado robusto y políticas de acceso restringido, podría ofrecer una solución más equilibrada. Desafortunadamente, México ha perdido la capacidad instalada para realizar un proyecto de esta magnitud después de la desaparición del Instituto Nacional de Transparencia, Acceso a la Información y Protección de Datos Personales (INAI) Cuerpo autónomo que fue responsable de garantizar que cualquier uso de datos biométricos sea transparente, ético y sujeto a una supervisión adecuada.
La seguridad pública no debe usarse como pretexto para erosionar las libertades individuales y los derechos humanos.