En la embarcación nunca perdieron la esperanza… la que llevaron a Cuba

▲ La flotilla del Maguro fue recibida con entusiasmo en la isla caribeña por habitantes y autoridades.Foto Marco Peláez
Marco Peláez
Enviado
Periódico La Jornada
Miércoles 25 de marzo de 2026, p. 6
La Habana. Zarpar hacia Cuba para llevar apoyo humanitario no es una excursión turística. Es enfilar la proa hacia una isla que lleva más de seis décadas practicando el difícil arte de la rebeldía, mientras resiste –con más o menos luz eléctrica, con más o menos combustible– el apretón de tuercas que desde Washington, con el gobierno de Donald Trump, se traduce en apagones, anaqueles vacíos y esa palabra que en tierra firme pesa distinto: escasez.
El plan sonaba sencillo en el papel: más de 30 toneladas de ayuda humanitaria, un barco y una tripulación donde abundan los jóvenes activistas –entusiastas, convencidos, acaso un poco ingenuos– acompañados por un puñado de periodistas invitados a mirar y contar. Alguien con vocación de bautizo histórico lo llamó Granma 2.0, en memoria de aquel yate que salió de Tuxpan, Veracruz, el 25 de noviembre de 1956 con Fidel Castro al mando y destino de leyenda. Las comparaciones, como los viajes largos, suelen ser imprudentes, pero inevitables.
Las primeras horas enseñan que el entusiasmo no sustituye la experiencia. Antes de mar abierto, la burocracia: permisos, sellos, la venia de la capitanía. Después, la partida. Un barco cargado de víveres, medicinas, bicicletas y paneles fotovoltaicos que intenta abrirse paso entre la emoción y la logística.
Se dijo que serían dos días de travesía. El mar, que no firma itinerarios, decidió otra cosa: el peso de la carga y la velocidad del barco estiraron el viaje a cuatro. Las certezas se fueron quedando en la costa.
A bordo, la organización llega vía WhatsApp. Lista de tareas: limpiar, cocinar, vigilar de noche, contarse una y otra vez para confirmar que nadie ha sido tragado por el descuido o el oleaje. La despensa –comprada a última hora– incluye papas, arroz, pasta, atún, fruta y agua, mucha agua, como si el cálculo pudiera resumirse en litros.
Entonces aparece Víctor, camarógrafo de Telesur, y hace lo que puede ser un acto de apoyo: cocinar un arroz “como el de mi mamá”, con huevo duro y aguacate. Prepararlo en esa cocina mínima, sacudida por el vaivén, tiene algo de proeza doméstica. El resultado, sin embargo, sabe a casa. Y en altamar eso es mucho decir.
Las noches traen otro tipo de combustible. Dos australianos sacan guitarras y, sin pedir permiso, arman la banda sonora del viaje: Clandestino, de Manu Chao; canciones de Mercedes Sosa y, cómo no, Hasta siempre, comandante, de Carlos Puebla. Se canta a ratos con nostalgia, como si el tiempo pudiera doblarse sobre sí mismo. La cubierta se vuelve tertulia: círculos grandes, grupos pequeños, historias que se cruzan como olas.
Pero el mar también exige su cuota de incertidumbre. De pronto, el barco se detiene. Silencio mecánico. Deriva. Dos horas mirando cómo la tripulación baja al cuarto de máquinas mientras arriba se multiplican las teorías. Entre los pasajeros hay un joven norteamericano-sudafricano, ingeniero mecánico en otra vida, que diagnostica el problema con rapidez. Las opciones no son muchas: acercarse a Cancún o regresar. Y regresar, se sabe, sería una forma elegante de fracaso.
Entonces, en el horizonte aparece un buque de la Marina. La escena tiene algo de salvación anunciada. Una lancha con seis tripulantes llega, revisa, ajusta, resuelve. Gracias a los técnicos e ingenieros del Papaloapan, la historia no se queda a medio camino.
Horas después, el capitán del Maguro convoca. En su cabina, el mapa ya no es promesa, sino evidencia: mar Caribe, rumbo casi cumplido, a unas horas de La Habana. La emoción se instala y surge la pregunta.
¿Cómo será la llegada? La respuesta se supo el martes a las 5 de la mañana, cuando el Granma 2.0 entró a la bahía, con una ciudad a media luz, pero sin perder su majestuosidad y esplendor, a lo lejos en el puerto de La Habana se escuchaban los gritos de apoyo y ánimo.