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martes, febrero 17, 2026

Esta es la brecha salarial dentro del matrimonio que dispara las probabilidades de divorcio

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Cómo la llegada de los hijos reconfigura el equilibrio económico y redefine la estabilidad conyugal.


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El amor suele narrarse como un territorio de emociones puras, de afinidades electivas y promesas susurradas al oído. Sin embargo, bajo esa superficie lírica descansa una arquitectura menos obvia: la estructura económica que sostiene la vida en común. El matrimonio no es únicamente afecto. Es también distribución de recursos, poder de negociación y expectativas sociales que operan, muchas veces, sin ser nombradas.

Un dato incómodo lo confirma: las parejas en las que el marido ganaba más que su esposa han mostrado, en distintos análisis empíricos, menores tasas de divorcio. No se trata de una apología del desequilibrio, sino del reconocimiento de que la distribución relativa de ingresos no es un detalle técnico. Es una variable estructural que moldea incentivos, identidad y estabilidad.

Cuando ella gana más que él

Diversos trabajos han observado que cuando la mujer supera en ingresos al marido (o cuando esa relación cambia de forma abrupta) la probabilidad de ruptura aumenta. Investigaciones como la de Bertrand, Kamenica y Pan, publicada en el Quarterly Journal of Economics, sugieren que las normas de género y las expectativas sociales influyen de manera significativa en la satisfacción marital cuando la mujer se convierte en principal proveedora. El dinero no “rompe” el amor; lo que altera es la coherencia entre estructura económica y narrativa cultural.

Las parejas con menos probabilidades de divorciarse fueron aquellas en las que el esposo tenía un ingreso mucho mayor que su esposa, que incluye parejas donde la esposa no trabaja fuera del hogar.

Esto no solo es cierto en los Estados Unidos. En la Suecia altamente igualitaria,una mayor proporción de los ingresos obtenidos por la esposa crea un mayor riesgo de divorcio. Y otro estudio encontró queincluso una ganancia inesperada (ganar la lotería) conduce a una mayor probabilidad de divorcio para las mujeres ganadoras y una menor probabilidad de divorcio para los ganadores masculinos. 

Estos resultados sugieren que el cónyuge que proporciona la mayor cantidad financiera en el matrimonio es diferente a los esposos frente a las esposas, y son consistentes con la afirmación de que las mujeres todavía valoran las perspectivas financieras de un cónyuge más que los hombres.

El primer hijo

Es en este punto donde la llegada del primer hijo introduce un giro decisivo. El nacimiento no solo transforma rutinas y prioridades; altera la ratio de ingresos dentro de la pareja. Un reciente estudio (cuyo aporte metodológico permite aislar efectos causales) muestra que la parentalidad no simplemente coincide con trayectorias laborales divergentes: las provoca. La desigualdad intrafamiliar se desplaza de manera estructural.

Así, el nacimiento del primer hijo genera una penalización persistente en los ingresos de las mujeres, mientras que los hombres apenas experimentan variaciones significativas. No hablamos solo de una pausa temporal; en algunos contextos, hasta un tercio de la desigualdad posterior puede atribuirse causalmente a la maternidad. Es, en esencia, un shock estructural.

Imaginemos una pareja en la que, antes del hijo, la mujer percibía el 95 % del salario del marido. Cinco años después del nacimiento, su ingreso relativo desciende al 70 %. La relación no solo ha cambiado en términos absolutos; ha transitado hacia una configuración más asimétrica. La desigualdad interna ya no es un reflejo accidental del mercado, sino el resultado directo de la reorganización familiar.

Aquí surge una tesis incómoda pero necesaria: las parejas en las que el marido ganaba más no eran menos propensas al divorcio únicamente por inercia cultural, sino porque esa asimetría generaba una suerte de estabilidad estratégica. Cuando el hombre mantiene la posición de principal proveedor, el equilibrio económico se alinea con expectativas normativas heredadas. Se reducen fricciones identitarias, se simplifica la narrativa de roles y, por tanto, disminuyen ciertas tensiones latentes.

La paradoja es que la llegada del hijo tiende, en numerosos casos, a restaurar o intensificar esa asimetría. Incluso en matrimonios inicialmente igualitarios, la maternidad desplaza la ratio hacia una mayor desigualdad. Desde la perspectiva de la estabilidad, este movimiento puede funcionar como mecanismo de consolidación. La penalización laboral femenina refuerza el modelo tradicional de proveedor masculino, y ese modelo (nos resulte más o menos deseable) ha mostrado correlaciones con menor probabilidad de ruptura.

Más allá de la estabilidad

Pero estabilidad no equivale a justicia. La lección sociológica más profunda no es que la desigualdad “proteja” el matrimonio, sino que la coherencia entre estructura económica y expectativas sociales reduce tensiones. Cuando las normas culturales cambian más lentamente que la realidad económica, aparecen fricciones. Y cuando la economía se reconfigura (como ocurre tras el nacimiento de un hijo) el matrimonio se reordena con ella.

La cuestión normativa, entonces, no puede limitarse a la reducción de las tasas de divorcio. Si políticas públicas eficaces lograran mitigar la child penalty, acercando nuevamente la ratio de ingresos entre hombres y mujeres, podrían aumentar la equidad y la autonomía individual. Sin embargo, también modificarían equilibrios que históricamente han producido cierta estabilidad conyugal. El desafío consiste en aceptar que menos dependencia estructural puede implicar más negociación, más redefinición y, quizá, más rupturas en el corto plazo.

Al final, la llegada de un hijo no solo inaugura una biografía compartida; redibuja la cartografía económica del matrimonio. Y en esa cartografía, las líneas de ingreso se convierten en líneas de poder, de identidad y de permanencia. Comprenderlo no implica resignarse a viejos esquemas, sino reconocer que la arquitectura invisible del dinero sigue sosteniendo (o tensionando) las promesas pronunciadas ante el altar.

Referencias

  • Leventer, Dor. 2026. “Identification of Child Penalties.” arXiv preprint arXiv:2602.07486.
  • Kleven, Henrik, Camille Landais, y Jakob Egholt Søgaard. 2019. “Children and Gender Inequality: Evidence from Denmark.” American Economic Journal: Applied Economics 11 (4): 181–209.
  • Kleven, Henrik. 2022. “The Economics of the Child Penalty.” Annual Review of Economics 14: 1–24.
  • Angelov, Nikolay, Per Johansson, y Erica Lindahl. 2016. “Parenthood and the Gender Gap in Pay.” Journal of Labor Economics 34 (3): 545–579.
  • Bertrand, Marianne, Claudia Goldin, y Lawrence F. Katz. 2010. “Dynamics of the Gender Gap for Young Professionals in the Financial and Corporate Sectors.” American Economic Journal: Applied Economics 2 (3): 228–255.

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