¿Era fácil divorciarse en la Antigüedad? Recorremos las normas y las prácticas de divorcio más frecuentes en la Roma antigua para desmontar falsos mitos sobre el matrimonio y la estabilidad conyugal en la Antigüedad.

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Aunque su significado y sus implicaciones sociales han variado profundamente a lo largo del tiempo, el divorcio no es una invención moderna. En la Antigüedad clásica, la disolución del matrimonio no solo existía, sino que también estaba socialmente reconocida. Con todo, esta práctica respondía a los principios de una estructura social patriarcal que condicionaba de manera decisiva quién podía divorciarse y en qué condiciones. En el mundo romano, en particular, el divorcio formaba parte de una concepción del matrimonio basada más en la voluntad personal y los intereses familiares que en un vínculo indisoluble entre dos individuos. Analizar cómo se divorciaban los antiguos romanos, por tanto, permite comprender mejor las relaciones de género, el papel de la familia y las estrategias sociales de la Antigüedad.
El matrimonio romano: un vínculo basado en el consentimiento
A diferencia de lo que ocurriría en épocas posteriores, el matrimonio romano no era un acto jurídico solemne, sino una situación de hecho basada en el consentimiento mutuo. Mientras existiera la voluntad de ser marido y mujer, el matrimonio se mantenía en pie. Cuando tal voluntad desaparecía, la unión podía disolverse. Esta concepción facilitaba, al menos en teoría, la ruptura del vínculo conyugal, pues no exigía ni una intervención judicial ni una ceremonia formal.
Sin embargo, esta aparente simplicidad ocultaba importantes desigualdades. La capacidad para contraer matrimonio y, sobre todo, para disolverlo dependía de la posición jurídica que ocupaba cada individuo en la familia romana. Así, el poder del pater familias, figura central del derecho romano, condicionaba de manera decisiva tanto el matrimonio como el divorcio.

¿Quién podía divorciarse? La clave de la capacidad jurídica
En Roma, solo quienes gozaban de plena capacidad jurídica podían iniciar un divorcio. El pater familias era el único miembro de la familia con autonomía legal completa, lo que significaba que un hombre adulto que aún estuviera sometido a la autoridad de su padre no podía divorciarse sin intervención de terceros. Lo mismo ocurría con las mujeres que permanecían bajo la potestad de su padre o, en determinados tipos de matrimonio, bajo la autoridad del marido.
Esta realidad permitía que se produjeran situaciones en las que el divorcio se imponía desde fuera del propio matrimonio. Un padre podía obligar a su hijo o a su hija a disolver una unión si consideraba que ya no servía a los intereses familiares. El matrimonio romano, por tanto, era una alianza entre familias más que una relación privada entre cónyuges.

Repudium y divortium: dos formas de romper el matrimonio
El derecho romano distinguía entre dos formas principales de disolución del matrimonio. El repudium aludía al divorcio unilateral. Solía iniciarlo el marido y estaba cargado de una fuerte dimensión simbólica, cercana a la idea de rechazo.
El divortium, por el contrario, implicaba una separación consentida por ambas partes. Se concebía como una ruptura de la unión en la que cada cónyuge tomaba su propio camino.
En ninguno de los dos casos se exigía una justificación formal, aunque la presión social y la opinión pública podían influir en la reputación de quien tomaba la iniciativa. En los primeros siglos de la República romana, el repudio injustificado podía acarrear sanciones morales, como la censura pública, por mucho que el divorcio siguiera siendo válido.

Los motivos del divorcio en la Roma republicana
En los orígenes del derecho romano, el divorcio parecía reservarse para aquellos casos considerados graves, como el adulterio femenino o ciertos comportamientos intolerables. Con el paso del tiempo, los motivos se ampliaron. La esterilidad de la esposa, por ejemplo, se convirtió en una causa aceptada de divorcio, ya que el matrimonio tenía como finalidad principal la procreación legítima y la continuidad de la familia. A partir del siglo III a. C., los casos de divorcio aumentan y muestran una sociedad en la que la ruptura matrimonial se integra en las estrategias familiares. El divorcio permitía rehacer alianzas, mejorar la posición social y responder a los cambios económicos o políticos.
El papel central de la dote tras la separación
Uno de los aspectos más delicados del divorcio romano concernía el destino de la dote. En principio, la dote debía devolverse a la mujer o a su familia tras la disolución del matrimonio. La restitución de la dote se convirtió en un elemento esencial para proteger la posición económica de la esposa divorciada, especialmente en una sociedad en la que las mujeres tenían un acceso muy limitado a la propiedad. Con el tiempo, el derecho romano desarrolló mecanismos legales que permitían reclamar judicialmente la devolución de la dote. Estas medidas reflejan una cierta voluntad de limitar los abusos masculinos, aunque sin cuestionar la desigualdad estructural entre los sexos.

¿Con qué frecuencia se divorciaban los romanos?
Las fuentes literarias y jurídicas sugieren que el divorcio fue relativamente frecuente en Roma, sobre todo entre las élites. Las comedias latinas aluden a múltiples separaciones y algunos autores antiguos incluso ironizan sobre la facilidad con que algunos cambiaban de cónyuge. Lejos de ser un fenómeno marginal, el divorcio formaba parte de la vida social romana. Esta frecuencia muestra una concepción distinta del matrimonio, entendido como un vínculo adaptable a las circunstancias y a los intereses familiares, sobre todo entre los grupos privilegiados.
El divorcio en otras culturas antiguas: el caso del mundo griego
En el mundo griego, el divorcio también existía, pero presentaba diferencias significativas. En Atenas, por ejemplo, el marido podía repudiar a su esposa con gran facilidad, mientras que el divorcio por iniciativa femenina se enfrentaba a numerosos obstáculos legales y sociales. La mujer debía recurrir a una autoridad pública y enfrentarse a una fuerte resistencia masculina para conseguirlo.
En otras regiones, como en la ciudad cretense de Gortina o en el Egipto helenístico, la situación podía resultar más favorable para las mujeres, quienes podían recuperar parte de los bienes producidos durante el matrimonio e incluso iniciar el divorcio por sí mismas. Estas variaciones muestran que no existía un único modelo antiguo de divorcio, sino una pluralidad de prácticas condicionadas por el contexto jurídico y social.

Separarse en un mundo sin igualdad jurídica
Aunque el divorcio en la República y el Imperio romano fue una realidad jurídica y social plenamente aceptada, estuvo marcada por la desigualdad. La facilidad formal para disolver el matrimonio contrastaba con las limitaciones impuestas a las mujeres y a quienes carecían de autonomía legal. El divorcio, por tanto, funcionaba más como una herramienta al servicio de la familia y de sus estrategias sociopolíticas que como un derecho individual.
Referencias
- Bonnard, Jean-Baptiste y Camille Noûs. 2021. «Le divorce dans l’Antiquité classique: perspective comparatiste». Genre & Histoire, 28. DOI: 10.4000/genrehistoire.6466.