Ya cuando estaba a punto de llevar al altar a Carolina, la hija de Grace y Rainiero, en aquel 1978, se anunció desde el Principado de Mónaco que el afortunado era un asesor financiero y de inversiones de entidades bancarias internacionales. De qué otra forma si no podían contrarrestar las voces que le tachaban de playboy impenitente, cuando no directamente de donnadie. El mismo príncipe monegasco había retratado a su futuro yerno como un «hombre que vive de todo y de nada».
Philippe Junot, quien cambió la vida a la princesa, falleció el viernes 9 de enero a los 85 años y, a pesar de que en los últimos tiempos vivía como un perfecto caballero entregado a su progenie, a todos nos han venido a la cabeza sus años locos de Marbella, cuando se cocía en su propio jugo la jet set, en su caso «made in Costa Azul». O mejor dicho, «fabriqué en Côte d’Azur».
Sin embargo, tanto codearse con reyes y princesas, estrellas de Hollywood y magnates de todo tipo y condición no solo le sirvieron para alegrar sus días de vino y rosas, sino para engordar una apetitosa agenda y significarse en el blindado mundo de los negocios. Y eso con la más absoluta discreción, como suelen ocurrir estas cosas. Sería un playboy de libro, siempre haciendo ruido mediático para disgusto de los Grimaldi, pero desde luego fue un inversor silencioso. Más famoso por la cuenta de sus conquistas amorosas que por las de resultados, pero las había. Y sumando.
Así se hace un millonario
Así que a la hora de tirar del hilo para saber cómo se costeaba su vida de aparente bon vivant, con casa en Cannes, donde vivía retirado, y casa en la capital costasoleña, adonde acudía con frecuencia, padre de familia numerosa además y de gustos caros, nos encontramos con su perfil de empresario, corredor de bolsa, promotor inmobiliario e inversor de capital de riesgo. Todo en las alturas, sin límites geográficos, muy relacionado con las finanzas y envuelto en el misterio, al más puro estilo de la burguesía de antaño, haciendo aún más fascinante al personaje.
Lo que está claro es que Philippe Junot estuvo en todas las salsas del Marbella Club, el hotel de los millonarios felices, del aristócrata Alfonso de Hohenlohe, quien le recibió con los brazos abiertos, hasta erigirse como un activo protagonista de aquellos años dorados, también junto a la imprescindible y única Gunilla von Bismark. Esa época en que no solo se gestaban memorables fiestas, sino que se estaba levantando ladrillo a ladrillo el imperio marbellí del lujo y el relumbrón mientras corrían sin límite los millones por cauces de oro.
Junot y el mercado inmobiliario de lujo
Junot ya era un jubilado en toda regla, si tiramos de etimología, porque en latín es la expresión clara de la alegría. Y se apuntó a eso que se conoce popularmente como vivir de las rentas, gracias a sus propiedades e inversiones financieras. Esa forma de vida que nunca le cuadró a la que fue su suegra, Grace Kelly. Y si bien el tiempo le dio la razón en que no era el marido adecuado para su hija, infidelidades y otros asombros mediante, se la quitó en los asuntos monetarios, en los que sí llegó a hacer carrera. Con su divorcio puede que se le cerraran las puertas de palacio, pero se le abrieron de par en par las de los contactos y, por ende, de los negocios.
Aquí en España, antes de que su hija Isabelle contrajera matrimonio con el marqués Álvaro Falcó, se le pudo seguir la pista, además, a través de su relación casi familiar con Cari Lapique y Carlos Goyanes, curtida al sol de Marbella. Junot colaboraba con la agencia de la pareja, Agencia A Promociones Inmobiliarias, centrada en el mercado inmobiliario de lujo, con inmuebles de alto nivel y para clientes premium, e incluso tuvo despacho en Madrid. Ahora, esta empresa, con más de 35 años a sus espaldas, está en manos de la hija de ambos, Carla Goyanes.
Philippe Junot junto a su hija Isabelle y el marido de esta, Álvaro Falcó.
GTRES
De la misma manera, la que fundó el francés está en las manos de Alexis, segundo hijo de su matrimonio con la danesa Nina Wendelboe-Larsen (1988), entre Victoria e Isabelle, quien ha seguido la senda del padre, con residencia en Londres y estudios de Negocios y Gestión de Empresas en la Universidad Americana de París y la Regent’s University de Londres. De hecho, a Alexis Junot se le presenta como inversor inmobiliario, con intereses en Estados Unidos, Francia y Luxemburgo. Igualito que a su progenitor.
Esto nos lleva a la Ana Karenina de León Tolstói, que empezaba, ya saben, con esa frase tan recurrente de «todas las familias felices se parecen, pero las infelices lo son cada una a su manera». Solo habría que cambiar el felices por un adineradas. Y la saga continúa, con el terreno más que abonado: Liceo Francés; Le Rosey, el internado suizo predilecto de la realeza y las grandes fortunas; carrera en la Universidad de Virginia en Charlottesville, reconocida por su excelencia y por ser su bello campus Patrimonio de la Humanidad; equitación y esquí en Gstaad, allí donde se cierran los negocios discretos, precisamente.
Cuál era el origen de su fortuna
Esas segundas nupcias alimentaron el espíritu internacional y elitista del empresario, al emparentarse con la aristocracia danesa y nacer sus tres hijos mayores en Nueva York. De Copenhague a París, de París a Londres y de Londres a la ciudad de los rascacielos. El salto no podía ser más proverbial. A Junot, además, su procedencia le delataba. Para nada era un advenedizo, dijeran lo que dijeran los de Mónaco. Era hijo del político con fama de millonario Michel Junot, presidente de la todopoderosa Westinghouse en Francia, teniente de alcalde de París y presunto descendiente de un general napoleónico. Decimos lo de presunto porque la genealogía es discutida. ¿Su madre? Lydia Tyckjaert, hija de un acaudalado industrial danés.
Philippe Junot había nacido entre algodones en el París que inauguraba los años cuarenta y estudiado leyes en la Sorbona, lo que callaba algunas bocas que lo tenían por tarambana, y enseguida se percató de que ser un seductor nato también le arrojaba jugosos dividendos. No obstante, vivió su propio sueño americano, como se cita continuamente, dando el pistoletazo de salida a su carrera en Estados Unidos como uno de los primeros inversores en la cadena Jack in the Box, franquicia de restaurantes especializada en comida rápida.
Víctima de la estafa de Madoff
Después le esperaba el Viejo Continente y empresas emergentes en su país de origen, que iban desde el sector inmobiliario, que terminó siendo el suyo, hasta las energías renovables, para trabajar finalmente también como analista financiero. Asimismo, Junot fue uno de los fundadores de AIA Group (Access International Advisors), una plataforma de hedge funds (fondos de inversión libres) para grandes patrimonios. Y como consecuencia de sus movimientos dinerarios terminó cayendo en las redes de la gran estafa de nuestra era. Fue una de las víctimas del fraude de Bernard Madoff con el llamado esquema Ponzi, batacazo del que le costó recuperarse.
Lo que deja ahora este inversor, a quien solo los años libraron de la fama de vividor y le mostraron como entrañable abuelo, es una fortuna incalculable y unas cuantas propiedades inmobiliarias, que heredarán sus cuatro hijos: los tres ya mencionados, abanderados por Isabelle y Chloé, nacida de su relación con la modelo sueca Helén Wendel. Victoria, la mayor, lo ha resumido en el comunicado con el que dio en redes la fatídica noticia. Que su padre, abuelo de tres nietos más uno que está en camino, moría «tras una larga y hermosa vida llena de aventuras».