Un estudio arqueológico en el centro de Granada revela la presencia de parásitos intestinales en pozos negros del siglo XVII, ofreciendo nuevas pistas sobre las epidemias urbanas causadas por la falta de higiene y agua potable.

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En las ciudades actuales, los sistemas de alcantarillado y abastecimiento de agua potable son parte del paisaje invisible que garantiza la salud pública. Pero hace apenas unos siglos, vivir en un entorno urbano era exponerse a riesgos constantes derivados de una higiene deficiente y de la ausencia de infraestructuras básicas. Las epidemias no eran eventos extraordinarios, sino amenazas frecuentes alimentadas por la suciedad, el hacinamiento y la falta de conocimiento sobre la transmisión de enfermedades.
Un reciente estudio publicado en Journal of Archaeological Science: Reports aporta nueva luz sobre este pasado insalubre. Investigadores de la Universidad de Granada y de la Universidad de Cambridge analizaron sedimentos extraídos de cuatro pozos negros (o letrinas) del siglo XVI al XVIII hallados en la calle Ventanilla, en pleno centro histórico de Granada. Allí identificaron huevos de parásitos intestinales como el Ascaris sp. (lombriz intestinal), el Trichuris sp. (tricocéfalo) y, en un caso, el Fasciola sp. (duela hepática). Estos hallazgos, más allá de su aparente simpleza, revelan importantes claves sobre las condiciones sanitarias y la salud de las poblaciones urbanas en la Edad Moderna.
Los pozos negros de la Granada del Barroco
La investigación se centra en un área de la ciudad que, entre los siglos XVI y XVIII, estaba situada en los márgenes urbanos y que fue transformándose en un barrio popular, conocido como “barrio de la carretería”. En esta zona, los arqueólogos encontraron restos de construcciones llamadas corralas, viviendas colectivas de varios pisos organizadas en torno a un patio central, en las que convivían numerosas familias en espacios reducidos.
Dentro de los patios de estas corralas se hallaron cuatro pozos negros intactos. Estos pozos servían para acumular los residuos fecales de los habitantes y no estaban conectados a ningún sistema de alcantarillado. En uno de los ejemplos más llamativos, se descubrieron restos de canales descubiertos (acequias) que transportaban el agua del manantial de Fuentenueva, tanto para uso doméstico como para abrevar animales. Esta convivencia de usos ilustra el riesgo constante de contaminación fecal del agua que se consumía.

El trabajo paleoparasitológico: qué se encontró y cómo
Para extraer información sobre la salud de las personas que habitaron estos edificios, los investigadores recurrieron a una técnica conocida como paleoparasitología. Esta disciplina analiza los restos de parásitos encontrados en materiales arqueológicos como coprolitos (excrementos fosilizados), sedimentos de letrinas y restos óseos. En este caso, los sedimentos fueron recolectados cuidadosamente al abrir los pozos y luego trasladados al laboratorio para su análisis con microscopía óptica.
El procedimiento seguido fue el protocolo RHM (Rehidratación, Homogeneización y Microtamizado), que permite recuperar huevos de parásitos incluso después de siglos. El resultado fue la identificación de huevos de lombriz intestinal (Ascaris), tricocéfalo (Trichuris) y, en uno de los pozos, de duela hepática (Fasciola). Según los autores, “las muestras contenían huevos de lombriz intestinal, tricocéfalo y duela hepática, identificados por su morfología y dimensiones”.
Qué dicen los parásitos sobre la vida urbana en la Edad Moderna
Los parásitos encontrados son conocidos por su modo de transmisión fecal-oral, es decir, se contraen por el contacto con agua o alimentos contaminados con heces humanas. Este tipo de transmisión es característico de contextos donde el saneamiento es deficiente, el agua potable es escasa y las normas de higiene personal son limitadas.
El estudio aclara que tanto la lombriz intestinal como el tricocéfalo son geohelmintos, es decir, parásitos cuyos huevos se desarrollan en el suelo antes de infectar a un nuevo huésped. Su resistencia al ambiente es notable: los huevos de Ascaris pueden sobrevivir varios años en condiciones favorables, gracias a una cáscara gruesa que los protege de la descomposición. Este dato explica por qué “son los dos parásitos más frecuentemente detectados en materiales antiguos europeos”.
Aunque muchas personas infectadas por estos parásitos pueden no presentar síntomas, las infecciones más intensas pueden causar diarrea, dolor abdominal, anemia, malnutrición e incluso obstrucción intestinal. El hallazgo de sus huevos en todos los pozos sugiere que estas infecciones eran frecuentes entre la población granadina de la época.

Una amenaza también zoonótica: la duela hepática
El caso de la Fasciola sp. es particular. Esta duela hepática se encuentra normalmente en rumiantes como ovejas o vacas, pero también puede infectar a los humanos si consumen agua o vegetales contaminados. En este estudio, solo se identificó en uno de los pozos, lo cual podría indicar un episodio aislado o una menor prevalencia. El hallazgo es relevante porque esta infección, además de ser zoonótica, requiere condiciones ambientales específicas, como zonas húmedas y presencia de caracoles como hospedadores intermedios.
El artículo señala que “su presencia en el entorno indicaría un posible riesgo de infección humana por este parásito”. Aunque es posible que los huevos llegaran al intestino humano tras el consumo de hígado animal contaminado sin provocar infección, también cabe la posibilidad de contagio real, dado el uso compartido del agua entre personas y animales.
De los pozos a la epidemia: ¿cómo se expandían las enfermedades?
Los parásitos encontrados no solo reflejan la salud de individuos, sino también dinámicas colectivas. La acumulación de residuos humanos en pozos abiertos, el uso de aguas no tratadas y el hacinamiento en viviendas compartidas creaban un caldo de cultivo para la propagación de enfermedades.
En Granada, la documentación histórica señala varias crisis sanitarias en el siglo XVII, como la epidemia de peste bubónica de 1679 y otra epidemia de 1648 atribuida a la transmisión fecal-oral. Esta última coincide en el tiempo y en el espacio con los hallazgos paleoparasitológicos. Según los autores, “la cercanía de los pozos a campos de cultivo fertilizados con excrementos humanos y la circulación de animales aumentaban el riesgo de parasitosis en la población”.
Además, las ordenanzas municipales trataban de frenar estas prácticas: se prohibía arrojar desperdicios a la calle o lavar ropa en ciertas zonas, pero su cumplimiento era difícil. La propia necesidad de regular estas actividades muestra la escala del problema sanitario.
Una ventana arqueológica al pasado sanitario
Este trabajo representa la primera evidencia directa de parásitos en pozos negros del periodo moderno en la Península Ibérica. Hasta ahora, los estudios paleoparasitológicos se habían centrado en épocas anteriores o en otros países europeos. El artículo subraya la importancia de ampliar la investigación en este campo, pues solo a través de más análisis sistemáticos será posible reconstruir con mayor precisión el impacto sanitario de las prácticas cotidianas del pasado.
La paleoparasitología, al unir la arqueología con la microbiología, permite dar voz a enfermedades invisibles que no dejan huella en los huesos, pero que afectaban profundamente a las poblaciones. En este sentido, estos huevos microscópicos recuperados en Granada se convierten en indicadores potentes de una realidad urbana marcada por la precariedad sanitaria.
Referencias
- R. López-Gijón, S. Jiménez-Brobeil, R. Maroto-Benavides, S. Duras, A. Suliman, P.L. Fernández Romero, M.C. Botella-López, F. Sánchez-Montes, P.D. Mitchell. Parasite eggs in 16th–18th century cesspits from Granada (Spain). Journal of Archaeological Science: Reports 53 (2024) 104342. https://doi.org/10.1016/j.jasrep.2023.104342.