Las joyas relacionadas con nuestras royals siempre han ejercido una fascinación especial y algunas de ellas han sido motivo de titulares en la última semana. Entre ellas la tiara Flor de lis de la reina Letizia, que se puede ver actualmente en la exposición sobre la reina Victoria Eugenia. O la tiara Marichalar, la joya favorita de la infanta Elena que llevó en su boda y ahora lucen las sobrinas de su ex marido. Pero es otra pieza más discreta la que ha llamado la atención de nuevo esta Navidad: la alianza de la infanta Cristina.
Pese a que han pasado ya cuatro largos años desde que la hija de los eméritos anunciara en enero de 2022 su decisión de «interrumpir su relación matrimonial» con Iñaki Urdangarin, después de que se conociera la relación de este con Ainhoa Armentia, la infanta Cristina sigue luciendo en su dedo anular el anillo que le entregara el ex jugador internacional de balonmano durante su boda celebrada en Barcelona en 1997.
Ha sido durante la escapada cultural por sorpresa que realizaban ambas infantas junto a la reina Sofía y la novia de Miguel Urdangarin, Olympia Beracasa, cuando las cámaras captaban a la infanta Cristina llevando el anillo de oro que un día fuera símbolo de su amor. Un amor que se rompía de forma oficial tras 26 años de matrimonio cuando la pareja firmaba el divorcio en secreto tras llegar a un acuerdo económico para cubrir los gastos comunes de sus cuatro hijos. Pero, al contrario que su relación, la alianza sí parece ser para siempre.
¿Por qué sigue llevando la infanta su alianza?
En febrero de 2002, pocas semanas después de conocerse la noticia de su separación, Cristina de Borbón aseguraba tajante a Pilar Eyre en la revista Lecturas: «No va a haber reconciliación ni perdón». Y añadía que no se iba a quitar su alianza, al menos por el momento. «Respeto la institución del matrimonio, llevo el anillo desde hace casi veinticinco años y lo voy a seguir llevando hasta que me divorcie, ¡quiero que el mundo sepa que yo no tengo nada de qué avergonzarme!«.
Pero aunque los años han transcurrido inexorablemente desde aquel divorcio, la infanta no parece tener intención alguna de dejar de lucir esta joya. Y no porque sea símbolo de amor hacia Iñaki Urdangarin, pese a que el ahora coach le dedicara un tierno mensaje en su entrevista en televisión: «Hay otra pérdida muy grande, uno de los amores de mi vida, que es Cristina«.
Para la hermana del rey Felipe, ferviente creyente, esta alianza va más allá del recuerdo al que fuera su esposo. Es el símbolo del compromiso ante Dios que contrajera en el altar. Y una muestra de su férrea decisión de hacer buenas hasta el final las palabras de Ricard María Carles, arzobispo de Barcelona, durante su homilía en la celebración de su boda en la catedral de Barcelona: «Vuestro amor y vuestra unión ante Dios constituyen un punto de referencia para muchas familias».
Así fue la boda de Urdangarin y la infanta Cristina
En un día espléndido en la ciudad condal, más de 200.000 personas se agolparon a lo largo del recorrido nupcial para contemplar a la infanta Cristina (con vestido de Lorenzo Caprile y la tiara floral) y a Iñaki Urdangarin y su cortejo, mientras diez millones de personas lo veían en sus televisores. Aquella era la segunda boda de la familia real española, tras el enlace en Sevilla de la infanta Elena con Jaime de Marichalar. Nadie sospechaba entonces que los dos ‘sí, quiero’ terminarían en sendos divorcios.
La boda de los duques de Palma en 1997.
GTRES
Frente a representantes de cuarenta casas reales, de todas las instituciones del Estado, del cuerpo diplomático y numerosas personalidades de la sociedad civil, el arzobispo de Barcelona les transmitía este mensaje: «No es atrevido pensar que para vosotros esta responsabilidad es más grande por el lugar que ocupáis en nuestra sociedad. Sea siempre bien visible vuestro amor ante Dios y ante los hombres«.
Los novios respondieron entonces con serenidad a las preguntas rituales y un Juan Carlos I visiblemente emocionado, daba el consentimiento a su hija menor para que diera el ‘sí, quiero’ a Iñaki Urdangarin. El banquete se sirvió en el palacio de Pedralbes, residencia de los reyes en Barcelona. Los invitados fueron atendidos por más de 500 camareros, que sirvieron un menú de quinoa real con verduritas y pasta fresca, lomo de lubina con suflé de langostinos y emulsión de aceite, y, de postre, chocolate, crema inglesa y una tarta nupcial de fresas.