Los hijos de Juan Rulfo evocan ese “rostro de múltiples velos” a 40 años de su muerte

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Los hijos de Juan Rulfo evocan ese “rostro de múltiples velos” a 40 años de su muerte

En una tarde fresca, típica de Guadalajara, Pablo y Juan Carlos recordaron a su padre como tutor melancólico y el origen de su obra

Juan Carlos G. Partida

Corresponsal

Periódico La Jornada
Domingo 26 de abril de 2026, p. 2

Guadalajara, Jal., La tarde del jueves se convirtió en una acuarela de luces pardas y vientos frescos que hacían crepitar el toldo bajo el cual dos hijos de Juan Rulfo, Pablo y Juan Carlos, evocaron a su padre como un tutor melancólico, y recordaron el origen de su obra literaria, en el Jalisco de sus amores, a 40 años de su muerte

“Mi padre y yo nos sentábamos en la mesa del comedor solos, sin decirnos una sola palabra. Yo lo miraba fumar sus Delicados. De repente me contaba algo y a mí me encantaba ver cómo su rostro se velaba por las volutas del humo del cigarro. Veía fascinado cómo su rostro tenía múltiples velos. Como pintor, eso me encanta”, comparte Pablo, quien registra en esas imágenes el tono que suele imprimir en sus pinturas.

La escena ocurre en la explanada de la rectoría de la Universidad de Guadalajara.

“Este aire que sienten es una maravilla. Esta luz de la tarde. Es verdaderamente una nostalgia muy bella. Tardes como las de Guadalajara con este aire, con esta luz. Es terriblemente bonito, nos mueve muchas emociones. O sea, toda esta cosa tan natural, tan llena, te acaricia, está uno como apapachado”, suspira Juan Carlos.

Los hermanos están sentados uno frente al otro; en el cercano templo Expiatorio se oyen los repiques de las campanas dando las 6 de la tarde.

Pablo recuerda que una vez, cuando tenía 5 años, su padre lo llevó a Tonaya, parte de la región de la mítica Comala en el sur de Jalisco, y se sintió tan libre que de sólo evocarlo su voz se quiebra, sumergido en el olor del pan recién hecho, de ir a caballo por el pueblo: “aparentemente pasaban los días, los amaneceres, las noches y la gente vive, pasa y como si no pasara, como si no ocurriera nada, pero en el fondo se siente una especie de temblor interno muy discreto. Entonces, uno se siente como extrañado ante esa sensación de ver que, aparentemente, no pasa nada, pero pasa mucho. Y te das cuenta de que es un proceso vital como de capas, como si fueran grandes estrellas, donde hay muchos telones”.

Juan Carlos cuenta cómo se enteró de la figura mundial literaria que era su padre cuando, en cuarto año de primaria, lo pasaron de las filas de atrás hasta adelante en el salón de clases por haber recitado de memoria unos párrafos de “Luvina”. “Así me di cuenta de quién era el jefe”.

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▲ En la imagen superior, Juan Carlos y Pablo Rulfo recorren la Feria Internacional del Libro de Guadalajara, que rindió homenaje al autor.Foto Arturo Campos Cedillo

Mañanas llenas de silencios

Ambos hablan de la discreción y los hábitos noctámbulos de Juan Rulfo, que los selló de tal manera que hoy, por más que quieran, no pueden hablar con voz alta; los hizo “un poco desabridos”, según Pablo, porque tenían que guardar silencio por las mañanas cuando su padre dormía después de amanecerse leyendo.

“Nosotros teníamos indirectamente la instrucción, no dada, de que debíamos ser discretos, silenciosos y no hacer ruido para no despertarlo. Y se nos volvió una manía, una forma de ser familiar”, resume Juan Carlos, aunque se encarga de desvanecer el ambiente monástico que el oyente imagina al recordar que, en las escasas ocasiones que llegaban amigos de visita –Rulfo prefería ser invitado y no anfitrión– la casa se convertía en un aquelarre.

Y si a Pablo esa imagen llena de velos, de capas tras las volutas de humo de los Delicados marcó su estilo como pintor, a Juan Carlos la vocación de cineasta le llegó cuando su madre le dijo que para saber más de Juan Rulfo debía ir al sur de Jalisco.

“Pues fui al sur de Jalisco a preguntar por mi padre, a ver qué me sabían decir. Y nadie me supo decir nada. Todo el mundo no lo conocía.”

Con lo que sí dio fue con el origen de la memoria de la obra rulfiana, de sus cuentos.

“Eran como historias que estaban revoloteando con el valor del silencio, con saber respetar, que si no te dicen nada es que no es que no te estén diciendo nada, te están diciendo todo (…) Es decir, estar sentados en la tarde con este clima, este aire o este sol y esperar a que pase la tarde y platicar con los que pasan y platicar y escuchar y a ver qué historias traen y destilar todos los días durante años todas estas historias para que quedaran aquí.

“Y sigo yendo y sigo buscando, y qué bueno que fui en ese momento, porque justamente todas estas personas ya se fueron. Y creo que ahora toca a las nuevas generaciones ver cómo hablan, cómo cuentan, cómo dicen. Ese fue el chiste, era la manera de hablar, de contar, de no contar y al mismo tiempo de descubrir de dónde veníamos y cómo somos.”

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